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Beaubourg. Una utopía subterránea, de Albert Meister - LaRepúblicaCultural.es - Revista Digital

En esta obra original de 1976, Albert Meister plantea una utopía en medio de una sociedad que ve imposible la revolución; no en un lugar ajeno (como marcan los postulados del género utópico canónico), sino insertado en ella, aunque sin parámetros de verosimilitud: el proyecto está enmarcado en un contexto utópico, sin limitaciones materiales (todas las plantas “están abiertas e iluminadas las 24 horas del día”) y sin confrontaciones ni disonancias con esa sociedad ni con la autoridad (pues tiene los permisos legales y es tolerado).

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Beaubourg. Una utopía subterránea, de Albert Meister

Construir otra cultura desde y por abajo

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Título: Beaubourg. Una utopía subterránea
Autor: Albert Meister
Traducción: Valentina Maio
Páginas: 298
Editorial: Enclave (2014)
ISBN: 978-84-940208-9-6

Alberto García-Teresa – La República Cultural

En esta obra original de 1976, Albert Meister plantea una utopía en medio de una sociedad que ve imposible la revolución; no en un lugar ajeno (como marcan los postulados del género utópico canónico), sino insertado en ella, aunque sin parámetros de verosimilitud: el proyecto está enmarcado en un contexto utópico, sin limitaciones materiales (todas las plantas “están abiertas e iluminadas las 24 horas del día”) y sin confrontaciones ni disonancias con esa sociedad ni con la autoridad (pues tiene los permisos legales y es tolerado).

Beaubourg cuenta la organización de un centro cultural de 84 plantas subterráneas en el centro de París. Se trata de un proyecto marcadamente libertario y antiautoritario, autogestionado de manera horizontal; un centro abierto que busca impulsar la creación artística y un nuevo modelo relacional y cultural. Y también ajeno a la mercantilización, al propietariado y a la ostentación, pues se ejecuta de forma austera, sin lo accesorio ni lo superfluo del mundo del Arte contemporáneo. De hecho, entra en contradicción con el propio centro de arte municipal (que sigue las políticas hegemónicas) que se construye literalmente encima de este, en un explícito juego simbólico con arriba y debajo de dimensiones políticas obvias.

El libro está escrito con un estilo chispeante. Se formula como una rememoración, a modo de reportaje, en el décimo aniversario del centro. Se hace memoria de cómo se puso en marcha a mediados de los setenta. Así, se narra como un relato fluido, con una peripecia y con personajes anónimos salvo el propio narrador. Sin embargo, a la obra le cuesta avanzar porque no se recoge un conflicto que tensione el relato. De hecho, todo se va resolviendo bien, sin apenas complicaciones, pero como la experiencia se sitúa en un marco utópico, con distintas limitaciones o contradicciones obviadas, sólo sirve de manera parcial como aprendizaje político. Es más; arranca la historia con un mecanismo de ciencia ficción (mediante una técnica de ingeniería novedosa, se crean esas plantas bajo tierra en una explanada). Así, rápidamente se nos coloca en un marco distinto que salva las principales dificultades. En cualquier caso, el autor se centra en escenas y episodios concretos y anécdotas. Lo más interesante es cómo se plantean y se resuelven los debates que se generan a partir de hechos específicos, en los que se destacan algunas soluciones muy imaginativas.

Por todo ello, Beaubourg se trata de una propuesta de acción, de puesta en práctica de la teoría, pues “lo que verdaderamente importa es lo que se hace, no lo que se dice”. No en vano, de la desobediencia y la construcción de un nuevo orden deja constancia también la paginación del volumen, que sustituye los números por palabras, lemas o nuevas series.

Por otra parte, Meister incorpora al texto su visión y concepción de la cultura, su relación con el público, apuntes sobre la opresión, la creatividad y la libertad: “Estamos tan acostumbrados a que alguien dictamine las normas por nosotros que la libertad nos choca, nos agobia, nos desconcierta, y nos cuesta mucho definir en primera persona nuestras reglas del juego”. El autor apuesta por el cambio interior, base de toda transformación social real: “Para construir otra sociedad, debemos empezar por ser distintos nosotros mismos, diferentes, ser cuando menos un poco mejores. Y si queremos acabar con estructuras sociales demasiado rígidas, debemos empezar por romper con nuestra propia rigidez, la rigidez que llevamos dentro: acabar con todo lo que nos han hecho tragar de respeto a la Autoridad y de sed de dominación del otro, antes de acabar con las jerarquías externas. De lo contrario, acabaremos (como siempre) por volver a reproducirlas”. Y añade: “Para cambiar la sociedad, hay que empezar por liberar dentro de nosotros todas aquellas formas libertarias que quisiéramos ver triunfar en la sociedad futura”. También intercala singulares reflexiones sobre la militancia: “El compromiso revolucionario muchas veces es solo una manera de olvidarse de sí mismo. Uno se embrutece con una actividad frenética con el único fin de no tener que encontrarse a solas consigo mismo”.

En el fondo, Beaubourg. Una utopía subterránea resulta una reafirmación de posiciones antiautoritarias, aunque posee ciertas carencias notorias (relativas al ritmo, sobre todo) como artefacto literario.

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