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¿Vencedores o vencidos? controversia sobre los juicios de Nuremberg - LaRepúblicaCultural.es - Revista Digital

A comienzos de los años ’60, un “guionista y productor escribía un texto en el que abordaba la revisión de los llamados Juicios de Núremberg, que tuvieron lugar en la ciudad del mismo nombre al finalizar la segunda guerra mundial. Abby Mann inventaba un juicio de” “importancia menor” para la opinión pública internacional, a fin de embarcarse en una dura crítica a la sociedad que, embebida en el "pan y circo", exalta la dureza de la justicia y la exige, pero que cierra los ojos ante las atrocidades o ante las ventas que hacen los políticos profesionales acerca de la justicia o la injusticia.

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¿Vencedores o vencidos? controversia sobre los juicios de Nuremberg

El film de Stanley Kramer tomado desde el hilo original

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¿Vencedores o vencidos?
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¿Vencedores o vencidos?

El juez Dan Haywood (Spencer Tracy) con la señora Bertholt (Marlene Dietrich), viuda de uno de los militares ejecutados por colaboración con los nazis. Fuente: blogs 20 minutos.

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¿Vencedores o vencidos?

El juez Dan Haywood (Spencer Tracy) con la señora Bertholt (Marlene Dietrich), viuda de uno de los militares ejecutados por colaboración con los nazis. Fuente: blogs 20 minutos.

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DATOS RELACIONADOS

Título original: Judgment at Nuremberg
Director: Stanley Kramer
Guión: Abby Mann (Teatro: Abby Mann)
Intérpretes: Spencer Tracy, Burt Lancaster, Richard Widmark, Marlene Dietrich, Maximilian Schell, Judy Garland, Montgomery Clift, Edward Binns, Werner Klemperer, Torben Meyer, Martin Brandt, William Shatner, Kenneth MacKenna, Alan Baxter, Ray Teal
Fotografía: Ernest Laszlo (B&W)
Música: Ernest Gold
Año: 1961
Duración: 186’
País: Estados Unidos
Productora: MGM / UA

Julio Castro – La República Cultural

A comienzos de los años ’60, un guionista y productor escribía un texto en el que abordaba la revisión de los llamados Juicios de Núremberg, que tuvieron lugar en la ciudad del mismo nombre al finalizar la segunda guerra mundial. Abby Mann inventaba un juicio de “importancia menor” para la opinión pública internacional, a fin de embarcarse en una dura crítica a la sociedad que, embebida en el "pan y circo", exalta la dureza de la justicia y la exige, pero que cierra los ojos ante las atrocidades o ante las ventas que hacen los políticos profesionales acerca de la justicia o la injusticia.

Stanley Kramer decide dirigir y producir una obra cinematográfica a partir del trabajo de Mann, ese mismo año en que se cumplen 15 desde la celebración de aquellos juicios. Nadie saldrá indemne del visionado de este clásico en blanco y negro, porque esa es la intención de ambos, y porque la sensibilidad de los temas abarca al mundo occidental completo. Otra cosa sería hablar de los referentes a Japón, para los cuales nos tenemos que trasladar hasta 60 años más tarde para encontrar una producción china, El juicio de Tokio, de Gao Qunshu, que, según otros directores, aborde de manera fiable el tema.

Hace unos meses se cumplían 70 años de la sentencia de los susodichos Juicios de Núremberg, y durante el 2016 se ha reiterado en algún canal de televisión de cine clásico este film que, de apariencia completamente inocente, llamó mi atención pese a haberlo visto hace muchos años. Hay claros trazos que se hacen extensibles desde su momento hasta el actual: hasta la actualidad de nuestro país, y la de nuestra Europa. Empeñado en abordar el tema de manera un poco más profunda respecto a lo que pudiera ser un mero artículo sobre un título clásico del cine, decidí indagar en una historia que, por otra parte, no pasa habitualmente de significarse como un acto en el que responsables del genocidio dirigido desde Alemania, daban cuentas ante un tribunal internacional para ser ejecutados en buena parte, o condenados a severas penas en casi todo el resto.

Esta labor finalmente ha llevado y llevará mucho más de lo esperable, pero arranca con la casualidad de encontrar en una librería de segunda mano, un viejo tomo de esa época que trata exclusivamente de este tema. Aquel, junto con otros, serviría de documentación para profundizar y comprender que no sabía (seguramente no sabemos) apenas nada sobre el asunto, por más que se publicaran textos o se hagan películas o documentales. Pero la cuestión es cómo este libro se convierte en la piedra angular de lo que vino a continuación. Hoy hablaré del film de Kramer, y en otro momento podrá venir lo demás.

El origen de la cinta

Leo en algunos dudosos lugares que el guion original pudiera provenir de un guion escrito para la televisión. En otros se indica que el origen del texto proviene de una novela del mismo nombre escrito por Abby Mann, que sería el autor del guion. No dudo que lo uno, lo otro, o ambas propuestas sean verídicas, así como el hecho de que el argumento se basa en un caso verídico, el Caso Katzenberger, que apenas ocupa una pequeña parte del propio juicio ficcionado, pero cuya revisión tiene consecuencias en los personajes de diferentes maneras.

Dicho lo cual y, tras leer el libro en concreto al que hago referencia, Der Nürenberger Prozeß (El proceso de Núremberg, de Joe J. Heydecker y Johannes Leeb, publicado en Alemania por ed. Büchergilde Gutenberg, 1958), que fuera publicado casi tres años antes de la realización de la película, no me queda ningún rastro de duda acerca de la fuente principal y original del guión, así como de la ambientación de esta creación de Kramer.

Al no haber accedido al texto de Mann, no puedo conocer en qué detalles ese mismo guion toma las referencias del libro de Heydecker y Leeb, o bien es la parte de documentación para la ambientación del mismo, la que sigue al pie de la letra cada espacio, momento, lugar y actitud. Lo que queda claro es que es así como ocurre, dada la genealogía de las publicaciones y la construcción de los acontecimientos que contienen ambos medios.

La cuestión es que, habiendo caído en primer lugar este volumen en mis manos, la profundidad del análisis tuvo que volverse mucho mayor, exigiendo la revisión de numerosos asuntos que, de otra manera, quizá habrían pasado por alto en la lectura como hechos sin importancia, pero el tándem que constituyen libro y película, magnifican el hecho histórico y obligan a analizar y cuestionarse más cosas de las esperables.

Sobre la cinta de Stanley Kramer

Se trata de un trabajo que reúne a un elenco excepcional, pese a tratarse de un film bastante estático, donde el trabajo de texto predomina sobre cualquier otra acción a lo largo de todo el desarrollo. Así, Spencer Tracy, Marlene Dietrich, Judy Garland, Montgomery Clift, Burt Lancaster, Maximilian Shell y Richard Widmark componen parte del notable grupo de actores y actrices que pasarán por las cámaras.

El personaje de Spencer Tracy, en el papel de Dan Haywood, que se presupone protagonista como juez principal del tribunal que juzgará a los acusados, no acaba de tener un papel predominante, de peso. Pero se convierte en el hilo conductor del argumento, porque es el testigo de la acción que va discurriendo.

Es muy interesante la confrontación de fiscal (Richard Widmark) y defensor (Maximilian Shell), porque, pese a hacer un buen papel Widmark, un actor con mayor experiencia en el cine, y Shell un actor más joven, pese a los gritos que el papel del segundo desarrolla casi en cada momento, debido a las situaciones y, probablemente a su carácter actoral, es este último el que logra llamar más la atención entre ambos, y el que consigue su papel ante los defendidos, sin contar, claro, con la parte emotiva del juicio. Parece claro que así se ha querido dejar, cuestión que se ve subrayada por la conversación entre la viuda señora Bertholt (Marlene Dietrich) cuyo marido fue sentenciado ya, y el propio presidente del tribunal que se aloja en el que fuera el domicilio de ella.

La figura del Ernst Janning, que fuera juez y ministro, y que ahora se sienta en el banquillo acusado de cometer o permitir diversos crímenes, adquiere el verdadero protagonismo a partir de un cierto momento de la cinta, logrando de manera muy sutil que los ojos se dirijan hacia él casi a cada secuencia. Tal y como se va averiguando, es un antiguo ministro de la República de Weimar, redactor de su Constitución, apunte interesante, ya que introduce otro tema más a revisar sobre la historia de Alemania entreguerras. Janning (Burt Lancaster) es seguramente el mejor papel, el más sobrio y el más controvertido hasta el final: él representa la integridad, la pérdida de la misma y la necesidad de mostrar lo que ha perdido ante el tribunal y ante los alemanes. Más adelante incluyo parte del texto de su declaración final, porque tiene interés político, social y humano, más allá de Nuremberg, del nazismo alemán y de un momento concreto de la historia.

Los miserables que se amparan en el cumplimiento del deber son otro de los pilares de esta historia que, al igual que el trabajo de ambientación, tiene un marcado carácter que se basa en los propios personajes del juicio principal de Nuremberg. Así, podemos atisbar a un Goering, a un Hesse, un Streicher… la cobardía de todos, la prepotencia de varios y la brutal estupidez generalizada, se aprecian muy bien en el libro de Heydecker y Leeb, aunque esto tan sólo constituye una parte del argumento llegado el caso.

Marlene Dietrich, Judy Garland y Montgomery Clift desarrollan papeles muy desiguales, y poco representativos de su vida artística principal. Lo de incluir a la Dietrich en el elenco es realmente fascinante porque, siendo de origen alemán, y habiendo decidido rechazar las ofertas de los nazis para nacionalizarse estadounidense, aquí toma el papel de viuda de un militar alemán de rango, que ha sido ya ahorcado. Y sin embargo, la fuerza de su historia radica precisamente en tratar de hacer comprender al personaje del juez principal, de que hay otra visión del asunto y de que los alemanes y los oficiales no son así.

Judy Garland tiene precisamente el papel en el que se basa la historia real que mueve a Abby Mann a elaborar el guión o la novela de esta película, la mujer que sirvió de excusa para que mataran a un judío por relaciones impropias. Ella, en el papel de una pobre mujer muy limitada, destapa la verdad de lo que fueron los tribunales durante el nazismo. Otro de los papeles de testigo corresponde a Montgomery Clift, un hombre de mente limitada, que indican que fue esterilizado por ese motivo, aunque él asegura, por ser de familia comunista: este, obviamente, es uno de los papeles peor parados en el argumento, por aquello de revolver la cuestión con el comunismo. Sin embargo, se recoge en las actas de Nuremberg la cuestión de los esterilizados o asesinados por tener alguna discapacidad.

He tenido ocasión de ver algún comentario superficial sobre el papel de Tracy, y de su indiferencia ante el arrepentimiento del acusado principal. Sin embargo, en el enfoque de su posición (recomiendo fijarse en los detalles de la descripción del personaje que él mismo apunta en ocasiones), y el momento final de la ruptura consolidada entre la URSS y el resto de los Estados Aliados. Es el toque colateral que deja en el aire las consecuencias, así como la fragilidad del término de “Justicia” como estamento.

El contenido y el contexto histórico

El guion, o más bien la dirección, se divide entre la exculpación por la situación generalizada de Alemania, y la exaltación de la culpabilidad de los crímenes. La proyección de los documentales sobre los horrores de los campos de exterminio parecen encaminarse a inclinar la balanza, pero luego, en un hábil juego de manos, aparecen otros factores humanos que juegan con la sensibilidad del público, para dejar en sus manos la decisión sobre los horrores de los nazis.

Esto parece una frivolidad, pero lo cierto es que a lo largo de las décadas que nos separan del terror del sistema nazi y la actualidad, la literatura que gira entorno a esos años y a los juicios de la segunda mitad de los años ’40 no deja de abordar diversos aspectos que hacen pensar. Personalmente no creo en la exculpación de los criminales castigados y de los huidos, pero tampoco creo en la inocencia del pueblo alemán, ni en el desconocimiento de la realidad de aquello que, sistemáticamente, se venía haciendo en su entorno.

Así lo dice el personaje de Ernst Janning, que fuera Ministro de Justicia y Doctor en Derecho: "¿dónde estábamos? ¿Dónde estábamos cuando Hitler comenzó a instalar su odio en el Reich? ¿Dónde estábamos cuando nuestros vecinos eran arrastrados a media noche a barro? ¿Dónde estábamos cuando la terminal de ferrocarril de toda Alemania, los vagones para el ganado eran utilizados para transportar niños al terrible destino de su exterminio? ¿Dónde estábamos cuando nos llamaban a gritos en la noche? ¿Estábamos sordos, mudos, ciegos?".

La cómoda y mortal Alemania

Cuando imagino la Alemania de Hitler, salvo por sucesos concretos, la imagen que me viene a la cabeza es la de un montón de gente que vive cómodamente, en las casas, en sus trabajos y en las calles, sin grandes temores. Eso, si hablamos de los alemanes que seguían al régimen nazi o si pensamos en personas acomodadas no emparentadas con judíos o con extranjeros. Por otro lado tengo la imborrable imagen de los campos de tortura, de los campos de exterminio o de los campos, simplemente, de concentración y explotación hasta la muerte.

Pero, salvo como digo en casos concretos, imagino esas dos Alemanias, porque es de lo que se nos habló en nuestra generación, y en muchas anteriores (ignoro la educación real de las posteriores al respecto). Este era un país que había apoyado a ultranza a los nazis, como Hitler había apoyado a Franco contra la II República. Y que, tras ser defenestrados los hitlerianos, y mussolinianos, supuso un cambio en el maquillaje del régimen fascista, defenestrando a su vez a los Serrano Suñer y sus huestes de viejos falangistas, porque había que señalar un cabeza de turco (aunque tan sólo fuera de forma nominal y aparente).

Claro, si pienso en esas dos Alemanias, y aún no ignorando lo que ocurría en los países invadidos, hay una completa desconexión, salvo sucesos que nuestra historia relataba puntualmente, porque no se podía alcanzar la situación que se demostró en los campos nazis, viviendo la sencilla y cómoda situación que, a su vez, se vivía en las calles, trabajos y casas del resto del país germano.

Un guion con perspectiva

Obviamente, y pese al paso de los años y la posible investigación que pudiera haber en el texto original de Abby Mann, los personajes y sus diálogos son ficcionados, y lo que se pretende es dar una visión intencionada acerca de los hechos, y una sensación con el filtro puesto en diversos aspectos que harán a cada espectador juzgar de otra forma las conclusiones, conforme al criterio propio. Y sin embargo, luego surgen otras cuestiones que sorprenderán.

No podemos decir que sea un film magnífico, no hay grandísimas actuaciones (quizá aparte de la de Burt Lancaster en el papel del acusado Janning, que en su misma sobriedad logra sobresalir del entorno). Pero lo que se quiere conseguir con el argumento y con su desarrollo, queda sobradamente cumplido, gracias a la manera en que se conduce el argumento y sus personajes. Es seguramente esto lo que le vale el Oscar en 1961 como película, dirección y guion.

Sin embargo, más allá de elogiar aspectos del producto de Stanley Kramer, hay otras cuestiones que interesa ver acerca del tema que trata el film. Aunque anteriormente digo que los diálogos ficcionados soportan el peso de la conducción hacia dos alternativas en la trama, la realidad es que aparte del propio autor, otros escritores de la época, que publican alrededor de esos años sus textos, aproximan sus tesis a las de Abby Mann. Más que sus tesis, cabría decir sus dudas.

Encontramos en diversas páginas de grupos o individuos de índole nazi, neonazi o fascista, justificaciones a la barbarie de la Alemania de Hitler, que tratan de aferrarse a numerosos textos y autores para demostrar, o bien justificar, la inexistencia de dichos horrores. Es el delgado límite que existe entre una y otra cara de la moneda: la que trata de buscar la verdad y condenar los crímenes, contra la que trata de manipularla para exonerar a los culpables.

Digo esto, porque hay que tener claro el norte cuando se trata con cualquier asunto, máxime de esta índole, que aún arrastra víctimas y descendientes de las mismas, tanto allí como en nuestro propio país. No hay que olvidar que fuimos el campo de pruebas del nazismo alemán y del fascismo italiano, gracias a los acuerdos de Franco para ganar a toda costa el poder en España, masacrando con los efectivos de estos países a sus conciudadanos demócratas.

Traslado a la realidad actual

La defensa del acusado principal, Ernst Janning, no sólo es un impresionante texto, sino que dota de contenido a todo el film de Kramer, de manera que sin él, y sin la forma de abordar la secuencia, no sería posible extraer planteamiento alguno de este trabajo. Creo que es uno de los textos más duros que se podían esperar, y creo que denota conciencia en el sentido humano del personaje, pero que también es el núcleo al que conduce todo lo anterior, y del que mana el discurrir de la acción. Tengamos en cuenta que la acción del fiscal es durísima contra los cuatro acusados, y que la del abogado de la defensa trata de incriminar a las víctimas de la violencia del régimen nazi. Invito, no sólo a leerla, sino a escucharla en el contexto del trabajo filmográfico, porque es algo que nos afecta en el presente sociopolítico de este país y, seguramente, de muchos otros.

Quiero prestar declaración sobre el caso Feldenstein porque fue el más significativo de los juicios de la época. Es importante que lo comprenda no solamente el tribunal sino también el pueblo alemán. Pero para llegar a comprenderlo primero es necesario comprender la época en que ocurrió. Una fiebre se apoderó de la nación, una fiebre de desgracia, de indignidad, de hambre. Teníamos una democracia, sí, pero corrompida por elementos que la componían. Por encima de todo existía miedo, miedo de todo, miedo al presente, miedo al futuro, miedo de nuestros vecinos, miedo de nosotros mismos. Solo cuando hayan comprendido esto comprenderán lo que significó Hitler para nosotros, porque entonces él nos dijo, alzad la cabeza, sentir el orgullo de ser alemanes, entre nosotros hay diablos, comunistas, liberales, judíos, gitanos, cuando consigamos acabar con ellos se acabará también vuestra miseria. Era la vieja, la viejísima historia del cordero propiciatorio.

¿Qué pasó con los que lo sabíamos perfectamente, los que sabíamos que esas palabras eran mentira, peor que mentira? ¿Por qué nos callamos, por qué participamos? Porque amábamos a nuestra patria, a fin de cuentas qué importa que pierdan sus derechos unos cuantos políticos extremistas. ¿Qué importa que unas minorías raciales pierdan sus derechos? Solo es una fase pasajera, una etapa por la que tenemos que pasar. Tarde o temprano será superada, incluso el propio Hitler caerá un día u otro. La patria está en peligro. Salgamos de las tinieblas, salgamos hacia delante, adelante es la palabra mágica.

Y la historia nos dice hasta qué punto triunfamos, hasta más allá de nuestros más desenfrenados sueños. Los mismos principios de odio y de poder con que Hitler fascinó a Alemania fascinaron al mundo. Nos encontramos de pronto con poderosos aliados. Cosas que se nos negaron cuando éramos democracia se nos ofrecían entonces. El mundo dijo adelante, cogedlas, la región de los Sudetes, las tierras del Rhin, remilitarizarlas, coged toda Austria, cogedla. Y un día miramos a nuestro alrededor y vimos que estábamos ante un peligro mayor todavía. El rito que comenzó en esta sala inundó como un morbo terrible y crujiente el país entero. Lo que solamente iba a ser una fase pasajera se convirtió en un modo de vivir.

Señoría, yo me contentaba con asistir en silencio a este juicio. Me contentaba con cuidar mis rosales. Incluso me contentaba con dejar que mi abogado defendiera mi nombre hasta que me di cuenta de que para defenderlo tendría que hacer revivir aquel espectro. Y efectivamente así ha sido, aquí, en esta sala, lo ha hecho revivir. Ha sugerido que el tercer Reich actuó en beneficio del pueblo. Ha sugerido que si esterilizamos hombre fue por el bien del país. Ha sugerido que después de todo puede que el anciano judío se acostase con la muchacha de dieciséis años. Una vez más ha sido hecho por amor a la patria.

No resulta fácil decir la verdad, pero si tiene que haber alguna salvación para Alemania los que sabemos que somos culpables debemos admitirlo sea cual fuere la pena y la humillación que nos cause. Ya tenía decidido mi veredicto en el caso Feldenstein antes de entrar en la sala para juzgarle, le hubiese declarado culpable pese a cualquier evidencia. Aquello no fue un juicio, fue un sacrificio ritual en el que Feldenstein el judío era la víctima indefensa.

(Interviene el abogado defensor para detenerle, diciendo "Señoría he de interrumpir, el acusado no se da cuenta de lo que está diciendo. No se da cuenta de las implicaciones…", pero el acusado prosigue).

Sí me doy cuenta. Claro que me doy cuenta. Mi abogado pretende que ustedes crean que no sabíamos nada de los campos de concentración. Ignorarlo, ¿dónde estábamos? ¿Dónde estábamos cuando Hitler comenzó a instalar su odio en el Reich? ¿Dónde estábamos cuando nuestros vecinos eran arrastrados a media noche a barro? ¿Dónde estábamos cuando la terminal de ferrocarril de toda Alemania, los vagones para el ganado eran utilizados para transportar niños al terrible destino de su exterminio? ¿Dónde estábamos cuando nos llamaban a gritos en la noche? ¿Estábamos sordos, mudos, ciegos?

Mi abogado dice que no sabíamos nada del exterminio de millones. Nos justificaría diciendo que solo conocíamos el exterminio de unos cientos. ¿Es que por ventura eso nos hace menos culpables? Puede que no supiéramos los detalles si no lo sabíamos era porque no queríamos saber.

Voy a decir la verdad. Voy a decir la verdad aunque se conjure contra ella el mundo entero. Voy a decir la verdad sobre el ministro de justicia. Un anciano que ahora llora sobre su Biblia. Un anciano que se aprovechó de las posesiones confiscadas a los que mandó a los campos de concentración. Friedrich Ostetert, el buen alemán que sabía cómo cumplir las órdenes. Hizo esterilizar hombres con la misma facilidad que quien levanta un dedo. Emil Hahn, abyecto y corrompido, obsesionado por el diablo que llevaba dentro. Y Ernst Jannig. El peor de todos ellos porque sabía lo que eran y no obstante siguió a su lado. Ernst Janning que convirtió su vida en podredumbre porque permaneció con ellos.

Ni yo creo en la inocencia del pueblo alemán en cuanto al desconocimiento de lo que ocurría allí durante más de una década, ni en el film se ahonda precisamente en esa posibilidad, porque no es creíble, aunque sí se apunta al discurso venidero. Tampoco la literatura tras la guerra defiende esa postura que, cómodamente, se adoptaría después en todo el entorno político y social. La realidad es que Alemania se convirtió en una excusa y en un colchón para detener el avance de la URSS hacia Europa, y que en el camino, se encontró un motivo para aprovecharse del desarrollo y el potencial de este país destruido y sometido a sus conquistadores. No se quiso hacer lo mismo con Italia, otro gallo les cantara ahora, donde se limitaron a someterles sin mayor importancia, porque allí, el comunismo ya era una realidad social imperante y por eso no cabía la exculpación, sino el silencio y el control. Y, en cualquier caso, el título del film de Kramer es realmente acertado: entre interrogantes. Hay mucho, demasiado que leer y que analizar.

Recomiendo ver el film antes de leer (si se puede acceder a él) el libro de Keydecker y Leeb, porque se comprenderá de forma mucho más inmediata la relación entre ambos, ya sea en los personajes pero, sobre todo, en la minuciosa recreación de la sala.


  • Joe J. Heydecker y Johannes Leeb: Der Nürenberger Prozeß, ed. Büchergilde Gutenberg (Alemania, 1958)
  • Joe J. Heydecker y Johannes Leeb: El proceso de Núremberg, (versión española del anterior) ed. Bruguera (Barcelona – Buenos Aires - Bogotá, 1962)
  • Eugene Davidson: Nuremberg, juicio histórico, Luis de Caralt ed. (Barcelona, 1972)
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