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Déjame entrar, la crueldad y la inocencia

Publicado el Miércoles 15 de abril de 2009, a las 09:22


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Déjame entrar

Título original: Låt den rätte komma in (Déjame entrar)
Dirección: Tomas Alfredson
Intérpretes: Kåre Hedebrant (Oskar), Lina Leandersson (Eli), Per Ragnar (Håkan), Henrik Dahl (Erik), Karin Bergquist (Yvonne), Peter Carlberg (Lacke), Ika Nord (Virginia), Mikael Rahm (Jocke), Anders T. Peedu (Morgan), Pale Olofsson (Larry).
Guión: John Ajvide Lindqvist; basado en su novela
País: Suecia
Año: 2008
Duración: 114’
Producción: John Nordling y Carl Molinder
Estreno en Suecia: 24 Octubre 2008
Estreno en España: 17 Abril de 2009

 
Déjame entrar
 
Déjame entrar
Una imagen de la película de Tomas Alfredson, "Déjame entrar".
 
   

Luís Rueda – laRepúblicaCultural.es

Escandinavia nos ha dado en los últimos tiempos muestras de tener una cantera más que interesante en la órbita del fantástico, si la sugestiva Sauna –película finlandesa de Antti-Jussi Annila con dudosa de fecha de estreno-, nos pareció de lo más estimulante en el pasado Festival de Cine Fantástico Sitges 2008, Déjame entrar nos sobrecogió como pocos filmes de horror lo han conseguido a lo largo de la reciente historia del cine fantástico.

Esta nueva obra maestra del género de horror propone ciertas consideraciones estilísticas muy deudoras del cine del norte de Europa (Aki Kaurismäki es paradigmático) y eso le concede un acabado muy atractivo y original, que nadie espere un vergonzante digest como Crepúsculo. El filme de Tomas Alfredson, adaptación de un excelente libro de Jonh Alvide Lindquvist –también guionista del filme-, es en apariencia un gélido y sofisticado relato de vampiros que no se detiene en legados pretéritos ni en góticos preciosismos, el barroquismo seductor de filmes como Entrevista con el vampiro de Neil Jordan –con el que comparte algún planteamiento- no es algo reconocible en un filme hiperealista y poderosamente melancólico. La idea del vampiro niño, siempre sugestiva, desde que Mario Bava la apuntara en Las tres caras del miedo no ha sido siempre desarrollada con la consideración que merecía, acaso Martin de George A. Romero sea la aproximación más voluntariosa –todo y que en este caso el upiro es un adolescente atrapado en su pulsión sexual egomaníaca. Déjame entrar plantea una historia romántica (y ciertamente pintoresque) entre un niño sensible y una niña monstruosa –sí , una idea pareja a la de la injustamente denostada Drácula de Bram Stoker de Francis Ford Coppola-, un relato cargado de telarañas morales que insinúa más sexo y deseo de lo que un espectador afín al género puede esperar en estos tiempos en que la bestia y el glamour fagocitan hasta componer una estética que marca tendencia. La poderosa carga carnal de este filme denso y contemplativo contrasta con el retrato sofocante de una comunidad del extrarradio del gélido Estocolmo en el que los adultos lucen como seres a la deriva, como una raza hibernada a la que la niña protagonista recurre para alimentarse. Excelente en ese sentido es la puesta en escena, centrada en el universo infantil de un modo obsesivo, un tratamiento visual de la historia en que los adultos devienen presencias intrascendentes cuando no víctimas colaterales.

La hibridación del mundo de lo fantástico y prohibido, en ese sentido es expuesta por T. Alfredson con una sensibilidad plenamente europea y con unos referentes estéticos que podrían entroncar con la espiritualidad quintaesencial de Fanny y Alexander de Igmar Bergman. La curiosidad infantil, el referente de un mundo adulto encriptado por la soledad y el frío, estimula una visión intimista, recogida, en el la que el vecinito curioso interpretado por Hade Kedebrant se interesa por el estruendo sexual de una niña que menstrua a través de sus víctimas. Tomas Alfredson fabrica una joya fílmica en la que las miradas, la pulsión voayeur y la inocencia podrían competir con las de Verano del 46 de Robert Mulligan –no en vano en el fondo es esta la historia de amor entre una adulta (anciana) y un inocente niño. El cuarto largometraje de Alfredson, cuyos comienzos van relacionados con la televisión sueca, es un sencillo troquel de miradas y dentelladas en un mundo de nieve y desilusión, casi una revisión enfermiza de la idea de Medea que expusiera con enorme pericia David Cronenberg en Cromosoma 3.

Otro aspecto interesante de Déjame entrar, obedece a sus fugas de humor cáustico, necesarias y bien dosificadas –véase la sensacional secuencia de la piscina-, una comicidad surreal que a instantes podría recordar a la entretenida Frosbitten si no fuera por que la realidad que esconde es tan desazonadora que abruma.

Estamos ante una puesta al día del ideario vampírico epatante, fresca y que abre nuevas vías… Déjame entrar es una de las experiencias más refrescantes del cine de vampiros del nuevo milenio, uno de esos títulos que marcan un antes y un después: una deliciosa obra maestra. Con todo, mucha tinta ominosa queda al margen del filme y se reserva para la excelente novela de Jonh Alvide Lindquvist, valga el dato preliminar de que el texto insiste en la temática de la pederastia de un modo tan incómodo y tan valiente que ni el mismo Thomas Andersen ha tenido arrestos para reflejarlo en su filme. La decisión, adscrita a una estrategia comercial de mínimos, no obstante, nunca va en detrimento de un filme subyugador por méritos propios: su puesta en escena es portentosa. Si quieren más elementos ‘desestabilizadores’, fíjense con detalle en algunas particularidades de la jovencísima vampira protagonista: Alfredson echa el freno en la globalidad pero deja caer alguna imagen de impacto que nos hará cuestionarnos todo el sentido moral de la historia y proponernos, si cabe, unas trabas morales más insostenibles y degustables –al menos para los fans del horror inteligente que no se conforman con una iconografía embriagadora pero vacía de contenido-.

Creo que no me equivoco si afirmo que Déjame entrar puede cambiar la faz del cine de horror venidero y marcar una tendencia muy acusada hacia un modelo de suspense nada vitriólico y más atmosférico: una vez más, bienvenido el riesgo, este filme sueco es una mala noticia para los seguidores de lamentables sagas cinematográficas como Underworld y un triunfo de la inteligencia y el buen gusto.

  

 

 


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