Julio Castro - laRepúblicaCultural.es
Entrar en Pompeya es entrar en un pasado que nos han relatado en la escuela o en la universidad a lo largo de nuestra infancia y juventud. Algo que difícilmente se puede imaginar hasta poder conocerlo y tener ocasión de pasear las calles de la ciudad arrasada por terremotos y erupciones volcánicas que, sin embargo, tuvo a bien mantenerse oculta durante siglos, guardando casi intactos innumerables tesoros hasta que por casualidad se descubrieran en el siglo XVIII.
La recuperación de este grandioso patrimonio no es sencilla, pero los esfuerzos por llevarla a cabo son, sin duda, de gran valía, ya que no sólo guarda tesoros de gran belleza, o claves una curiosidad turística que mueva gentes de todo el mundo a conocer el mundo romano de la República, o de dictaduras como la de Sila, e incluso el comienzo imperio de los césares, sino para comprender la vida cotidiana de todo un pueblo que, desde sus clases patricias hasta las más humildes o esclavas, recorrieron estas calles y villas de la ciudad de descanso romana, donde muchos habitaron y otros utilizaron para el paso de sus períodos estivales.
La conservación, hay que señalarlo, debiera ser más meticulosa, ya que hoy día puede uno pisar restos de mosaicos que se desmenuzan bajo el roce del calzado, pero también soporta la ciudad una erosión del uso continuo que, con el tiempo, acabará amenazando su pervivencia tras dos milenios conservada por las cenizas del Vesubio y los sustratos que la cubrieron en ese tiempo.
Por eso es importante la restauración que recientemente se ha terminado de realizar a las pinturas y frescos recuperados de la ciudad y que ahora se expondrán en el Museo Arqueológico de Nápoles. Los trabajos han durado diez años, lo que revela la magnitud de la tarea y la necesidad de la conservación que sobre las obras se ha llevado a cabo. Se trata de todo tipo de obras que suponen una enorme curiosidad arqueológica, ya que tienen desde simples decoraciones, escenas de evocaciones mitológicas o muestras de la vida cotidiana, hasta la ya reconocida curiosidad de las pinturas eróticas que, especialmente, decoraban las paredes de pasillos y habitaciones de los burdeles de la ciudad.
Ya en el Museo Arqueológico predominan las obras dedicadas a las excavaciones de Pompeya, que provienen de dichas labores, pero es mundialmente conocido el llamado Gabinete Secreto, una sala (por cierto, prohibida a menores) que no es más que una zona reservada a las obras relacionadas con el sexo y el erotismo. Allí se encuentran desde tremendas figuras de ninfas y sátiros, pasando por figuras que muestran todo tipo de juegos eróticos, además de innumerables amuletos consistentes en sexos masculinos o femeninos.
Estas obras fueron prohibidas por los Borbones durante su reinado en Nápoles, hasta 1860, pero hoy pueden ser vistas, desde pinturas a esculturas pasando por joyas y artilugios de diversos tipos que componen una tremenda curiosidad y una gran variedad artística.
En definitiva, a lo que ya había en el museo de Nápoles y en la propia ciudad de Pompeya, ahora, tras diez años de trabajos, se suma este conjunto de obras restauradas que merecerá la pena ir a visitar.