Julio Castro - laRepúblicaCultural.es
El concepto de sumergirse en el agua acaba por transmitir la idea de confundirte en tu propio medio, en la masa de gente, entre los que te rodean, de manera que tus ideas son las de otros y las de otros las tuyas, pero emergen de la superficie las de aquellos con más peso específico y acaban por imponerse. Es como si la idea del peso sumergido en el agua que recibe el empuje proporcional a la masa que desplaza, fuese una realidad en la obra y el texto que nos proponen Helena Tornero y Factoría Teatro.
De esta manera tratan la autora y la compañía teatral la visión de los problemas entre adolescentes en Sumergirse en el agua. Pero también planea de manera descarada sobre los conflictos entre generaciones, y la transmisión de valores erróneos que acabarán por traspasarse, de padres a hijos, sin ser cuestionados… hasta que ocurre algo. Y el conflicto subyacente aborda otros temas importantes, como la exclusión social y la marginación, la discriminación racial y la xenofobia, la falta de criterio y la imposición de hechos que el adolescente no asume por no comprenderlos y que acabarán por desencadenar hechos inesperados, que permanecían al margen del núcleo de la historia y, por lo tanto, de la trama de la obra.
Diferentes capítulos abordan a modo de flashes una historia que, siendo particular, puede traspasarse sin diferencias a numerosos grupos de jóvenes hoy día. Porque se trata de una historia de grupo, de conjunto de personas que conforman esa masa de agua en la que cada día nos sumergimos sin comprender por qué. Y el que es diferente y piensa distinto, salvo que tenga un carácter suficientemente firme, acaba por ser excluido, o recala en otro grupo de “diferentes”, iguales entre sí.
En definitiva, la obra toca muchos temas que envuelven una situación social que alcanza la incomunicación, la ausencia de relación humana y la dificultad de decidir ante los problemas propios. Y en un determinado momento, el factor ajeno inesperado, que puede cambiar el rumbo de una historia, aunque luego no se vea su implicación.
El conjunto de actores que componen el reparto de la obra distribuyen sus momentos, trabajando dentro del argumento de cada flash narrativo o siendo parte de un momento subconsciente, que se manifiesta en ecos y que translucen pensamientos, deseos o enfrentamientos entre los protagonistas del momento.
Siempre es un placer asistir a los trabajos de Factoría Teatro y, en este caso, si bien no es la obra más compleja de las que he presenciado, probablemente es uno de los trabajos más arriesgados, en cuanto a que el público sea capaz de soportar la propia realidad de su entorno y su vida, aunque no se hable de ellos mismos. Así que, considero que tiene un bien merecido premio, que seguramente no tendría que corresponder al teatro dirigido exclusivamente a jóvenes, ya que precisamente es esa dificultad de comunicación filial-parental, la que pone de manifiesto y que se encuentra en el núcleo del problema.
Hay una gran labor de dirección en la obra, que permite que cada momento otorgue a la escena y a cada intérprete su peso específico en la historia. En cuanto a ideas como la de dividir el escenario en dos con las luces, proporciona en su momento un gran realismo que evita movimientos innecesarios de elementos del decorado. Bien es cierto que una sala de tamaño adecuado favorece la posibilidad de crear en cada escena los huecos lumínicos de acción, dejando en penumbra la acción en segundo plano o inactiva. En este sentido, también hay que congratularse con el buen saber hacer de los responsables de la iluminación, que por una parte facilita el trabajo en escena, aunque exige también más atención a los actores para buscar el espacio correcto.