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El señor Ibrahím y las Flores del Corán
Cartel de la obra teatral dirigida por Ernesto Caballero. |
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Julio Castro – laRepúblicaCultural.es
Hay obras teatrales que son especiales para cada persona, y que pueden marcar un antes y un después de cada uno. La cuestión es que El señor Ibrahim y las flores del Corán tiene un algo especial que marcará para siempre a cada espectador que vaya a verla con el corazón un poco abierto. No me refiero a la producción cinematográfica, como puede pensarse, ni a culquier representación, sino a la adaptación teatral que Juan Margallo viene protagonizando desde el año 2002 y que ya no sé cuántas veces he asistido a ver en diferentes escenarios, ni a cuántas personas se la he recomendado y han salido maravilladas de la misma.
La cuestión es que ya el libro de Eric-Emmanuel Schmitt, su autor literario, es una pequeña maravilla, pero la adaptación de Ernesto Caballero, con la profesionalidad de Margallo, confieren a la misma un toque particular que va más allá de lo intimista, para trasladar al público en general una lección de vida que no suena nunca a sonsonete o a vieja vaina. Lo que consiguen sus dos actores es traspasar su humanidad y su relación, trabajada por medio de un recorrido de 60 minutos, que se transforman en años y que hacen que la alfombra sea voladora y la imaginación nunca pueda quedársenos corta.
En esta ocasión, el nuevo compañero de viaje del Señor Ibrahim (que como digo interpreta Juan Margallo) es Ricardo Gómez, para muchos es “el niño de Cuéntame”, la serie de TVE que lleva emitiéndose varios años. Pues bien, ahora es Ricardo el que sustituye a Julián Ortega en su papel de Momó, así que le han puesto el listón muy alto, pero “el niño” ya demuestra con sus propias maneras, que adaptará el papel a su forma de ser y de interpretar, en un papel que lejos de quedar secundario en la obra, es la parte complementaria del protagonismo de Margallo.
No es una obra fácil de interpretar bien, es una obra fácil de ver y compleja de olvidar, que cuenta con una escenografía con encanto, que nos retrotrae a la época en la que se desarrolla y ambienta la obra, o a la que nosotros elijamos, porque en definitiva lo que se recrea en el escenario es el espacio interior en el que nos imbuyen el texto y los personajes. Los sonidos, la música y el conductor puntual de la misma facilitan al espectador la clarificación de algunos de los contenidos del libro original que, de otra manera, podrían quedar algo ocultos salvo que se alargase innecesariamente la obra, y todo en su conjunto genera el encanto de las historias con magia.
De esta manera, y con el encanto del texto y la compañía teatral, nos trasladarán a un pasado París años ’60, donde el “árabe” del barrio (que no es árabe), decide acoger con cariño a un adolescente judío, víctima de su propia sociedad y los avatares familiares, así como de las consecuencias tardías del nazismo. El Sena, Brigitte Bardot, la adolescencia y las relaciones con las mujeres, el cariño o la pérdida de la identidad, son los temas que llevarán a una relación entrañable hasta el final, de la que aprender en la vida cotidiana personal y en el trato social e intercultural.
Muy recomendable allá por donde pase esta obra y, especialmente, para quienes no pudieron verla, porque no creo que en manos de otro actor que no sea Juan Margallo, pueda tener resultados parecidos. Son esos papeles teatrales que un actor puede llegar a encontrar en su vida, y que marcarán el estilo de la obra y de su protagonista.
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