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Pequeño cuento de Shakespeare
Gustavo Galindo, Iván Luis y Andrea Jaurrieta son los ladrones más alegres de todos los bosques.
Foto: Julio Castro |
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Julio Castro – laRepúblicaCultural.es
Lo que comienza con un mix entre el teatro de clown y la comedia de situación, con una escena con escalera, digna de Pedro Reyes en la época de La Bola de Cristal, derivará en una hilarante narración tipo relato infantil, en el que esta vez el malo es el duque-político padre, que no la madre, y los ladrones del bosque no sólo no son castigados (ni premiados), sino que seguirán robando a los ricos para dárselo a los pobre después del final de la representación.
Son Teatro Galo Real que, en esta ocasión, se atreven con una realización en la que ellos se lo guisan y se lo comen, y que va dirigida principalmente al público infantil. Basada en el cuento popular de Campanilla de las nieves y en Como gustéis, de William Shakespeare, la compañía pone en escena un guión fruto de la adaptación de Gustavo Galindo, que desempeña varios papeles, entre otros el de malo y bajo la dirección de Iván Luis, que además actúa en el papel de Orlando, el buen hijo del malvado duque, enamorado de la bella Rosalinda, que interpreta Ángela Boix, a la cual el malvado padre de Orlando expulsará del castillo para que no juegue y baile con su hijo y para conseguir ser él el mejor bailarín del reino.
Todo comienza cuando los actores no se presentan a representar la obra, y la taquillera/acomodadora, los curritos que están por la sala y una chica del público, deciden entretener a los asistentes representando lo que estaba previsto.
Está claro que si se tienen tablas, el género teatral no pone dificultades a los profesionales de la escena, así que a Andrea Jaurrieta, que hace poco la veíamos de gira con Bonnie y Clyde, en esta misma compañía y bajo la dirección de Iván Luis, representando el papel de dura ladrona y asesina, cruelmente muerta por la policía, ahora es desde una acelerada joven que se suma a la obra para hacer de narradora, hasta ladrona de ricos o ardilla del bosque. Esta actriz demuestra que es una auténtica payasa, que consigue arrancar fácilmente las risas del público de todas las edades, sea en uno u otro papel, con su texto pero, sobre todo con su expresión. Ayer antes de entrar a ver Conversaciones en la oscuridad, hablaba con otro amante del teatro, acerca de la ventaja de las salas pequeñas, especialmente de estas salas alternativas, donde gozas de la ventaja de poder ver la expresión del rostro desde muy cerca, de manera que favorece que se explote la expresión facial además de la del resto del cuerpo, enriqueciendo en detalles la obra ante el público.
A Gustavo Galindo, de ayudante de pintor a duque malo malísimo, le veíamos hace unas semanas de gira con El Mercader de Venecia, adaptación de esta misma compañía. Obviamente, tampoco se trataba de un papel muy serio en aquella tragicomedia de Shakespeare, pero aquí es gracioso hasta el malvado que acabará haciendo hasta de brujo malo con manzana envenenada, para llegar a ser el que mejor baila en el reino.
No conocía a Ángela Boix, que me ha sorprendido muy gratamente, tanto en la representación como en las formas que les da a los papeles que representa (y volvemos a la expresión y a la cercanía de la escena que decía antes), que posee esa capacidad de quedarse absolutamente seria e impasible y provocar la risa del público tras una intervención.
Iván Luis, que es un poco el alma de la compañía, no precisa de protagonismo en escena, porque en esta obra, como en otras, es la salsa que liga al grupo. Por otra parte, completa el cuarteto de escena con su particular humor, que parece de un tipo más inocente, dejando caer las cosas para que el público las capte. Cuatro estilos personales de humor, compaginados en una misma obra.
Y teniendo en cuenta que el público principal al que se dirige es el más pequeño, el estreno demuestra que es acertado, por los resultados de los pequeños espectadores de la sala que no han perdido ojo de cada instante a lo largo de los 55’ que dura la representación. Pero lo mejor de todo es que, aunque hoy la mayoría éramos adultos, a partir de un determinado instante las risas han sido coro: como me comentaba el director de otra obra a la salida “hoy me he sentido como un chaval ahí dentro”.
Muy recomendable, porque se demuestra una vez más, que el teatro no necesita de grandes decorados, carísimos atrezzos, artilugios endemoniados o grandes fastos para triunfar, con tres cosas basta: una son los actores, otra las ganas de entregarse, la tercera enamorarse del público.
Tan sólo recomendaría arreglar un poco la frase final (por aquello de que los niños y niñas vayan aprendiendo lo que está bien y lo que está mal), algo así como “y fueron unos reyes de Francia tan buenos, que decidieron que lo mejor era dar paso a la República Francesa”. Y colorín colorado…
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