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Dulces compañías
Violeta Ortega es una profesora de geografía, que lleva a su casa a Pablo Torelló.
Foto: Julio Castro. |
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Julio Castro – laRepúblicaCultural.es
Todo comienza una noche en el domicilio de Nora, una profesora de geografía que llega a su casa acompañada para disfrutar de la compañía de un desconocido, o al menos esa es la intención. La situación irá cambiando a medida que ella pretende provocar y acercarse más a su invitado, hasta que la cosa cambia y la noche fugaz se convertirá en tragedia.
Es la propuesta que la compañía/asociación teatral Artistas y Punto muestra en estos días. En realidad se trata de dos piezas conectadas entre sí, con un delincuente común, interpretado por Pablo Torelló, como personaje central de ambas. El conjunto de la obra viene a mostrar las posibles consecuencias de lo que califican como “soledad”, mal gestionada.
En la primera parte, la víctima, interpretada por Violeta Ortega, se verá acosada y despojada finalmente de toda dignidad por el anónimo delincuente, que ha recogido en el parque y ha invitado a su casa. En la segunda, el papel de víctima lo desarrolla Quico García que, a diferencia del otro caso, llega a dominar la situación, al menos, hasta un determinado momento.
Se trata de un juego de desafíos, tentaciones y miedos, en los que, pese a la posibilidad clara de un final nada halagüeño, ninguno se resiste a la posibilidad de salirse mínimamente con la suya en uno u otro momento del enfrentamiento uno a uno. En esta situación, la inteligencia podría vencer a la fuerza bruta y la ignorancia, pero es que en ciertos momentos, la inteligencia fluye y se evapora del lugar o, como dice Violeta Ortega en su papel “media hora puede serlo todo”, pero también puede quedar en nada.
Una obra en la que la agresividad queda latente, ya que no es tanto la física como la verbal y la que se amaga tras las palabras y los gestos, la que puede llevar a tensar la situación en la escena y también en el público, por lo que se exige más de la modulación del tono y la voz de sus intérpretes.
En dos momentos puntuales, parece que el texto quiera ser moralizante (“vale, lección aprendida”) y, como mostrará el desenlace de cada episodio, no pretende serlo, ya que es indiferente lo aprendido de sus consecuencias. De manera que queda a disposición de quien la presencia, la decisión de lo que aprende en cabeza ajena, o hasta dónde llega su deseo.
La propuesta es bien diferente de aquella otra de La Huída, la obra de Gao Xingjian que hace unos años presentaban en Madrid, y que también fuera dirigida por Lidio Sánchez Caro, uno de los codirectores de estas Dulces compañías, que ahora nos trae junto con el otro director Laury Leite.
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