Julio Castro - laRepúblicaCultural.es
Hay compañías con las que conectas desde el primer momento y con las que, seguramente, tendrás un contacto asiduo en sus trabajos para siempre. En buena medida por la calidad de lo que hacen, también por el nivel de sus integrantes y, desde luego, por la parte humana que transmiten. Y seguramente por más cosas de tipo menos tangible o descriptible.
Tuve la suerte de conocer a la gente de Factoría Teatro hace unos años, cuando tenían en escena su obra Hamlet, por poner un ejemplo, que es un compendio de crítica socio-política, humor de todos los niveles, y teatro bien trabajado que llega al público y le desborda la imaginación. Ha pasado el tiempo y tras otros trabajos, vuelven a estrenar, con un texto sobre la familia, de gran complejidad escénica en cuanto a la posibilidad que podían tener de llegar (en su línea) a distintas sensibilidades, generaciones y tipos de público, pero es que son una compañía tan enorme, que lo han conseguido… y si tienen oportunidades reales, rebasarán cualquier expectativa.
Asistí al preestreno en el centro cultural del madrileño barrio de La Elipa, donde ellos trabajan habitualmente, de manera que, como dice la autora y directora de este trabajo, Gonzala Martín Sherman, es “como abriros el salón de nuestra casa”.
Y nada más acertado, dado el contenido de la obra y la forma de ejecutarlo.
Supongo que bajo el título La familia, apología y ataque, cada potencial espectador puede imaginarse una cosa completamente diferente, y que en los tiempos que corren, el público acudirá posicionado. Mi experiencia al respecto: sería un error. No sabía qué esperar cuando asistí a la función, y lo que encontré fue un trabajo en el que una revisión de las relaciones familiares, lleva a cabo un recorrido por los distintos papeles y situaciones que cualquiera, sentado en su butaca y recibiendo la propuesta de Factoría Teatro, habrá vivido en algún aspecto o medida, sea en primera persona o de forma cercana. La tragedia que podía esperarse no llega, porque el humor que subyace en los trabajos de la compañía, reluce (seguro que sin mayor intención) en los momentos que pueden ser de mayor conflicto, y es el propio público el que lo saca a flote sin forzarlo.
Los personajes de la familia entran y salen de su papel, pasando de forma ligera las barreras entre personaje-actor-actriz y personaje-familia, de manera que su ejercicio escénico tiene una triple vertiente, en la que cada miembro de la compañía en primer lugar debe dejar a un lado su “persona auténtica”, el segundo paso es posicionarse en “actor fuera de escena” y a partir de este, convertirse en el personaje que recrea para el público. El trabajo va evolucionando, de manera que partiendo de unos personajes más extra-escénicos, el resultado progresa, de manera que se va interiorizando el papel de cada uno de ell@s, para acabar asumiendo el (o los) personajes que representan. Pero no hay problema, porque estamos ante el equipo habitual de Factoría Teatro, que ya vimos también en otros trabajos como Sumergirse en el agua, y son capaces de sacar adelante esto y más. Las dos integrantes femeninas (Silvia García de Pé y Victoria Teijeiro) son capaces de cambiar de registro, con una auténtica transformación que alcanza lo físico, con una facilidad pasmosa. Salvador Sanz, en su línea habitual, mantiene un personaje sereno y constante, que le permite resaltar los cambios con apenas un gesto o una variación en la entonación, y aunque Chendo Lestao e Iván Ugalde, tienen papeles más discretos en el trabajo, no se quedan atrás en la interpretación, con un papel de padre digno en el caso de Iván Ugalde, y de hijo homosexual en el caso de Chendo Lestao. Todos los personajes tienen un problema de comunicación que se acentúa con el paso del tiempo, y es una parte de lo que plantean.
Un diseño escenográfico de Arturo Martín Burgos, muy imaginativo convierte un cúmulo de cosas que en principio parece un almacén de bártulos, en las partes ingeniosas que delimitan el ambiente que recrea el entorno familiar y las diversas estructuras domésticas que se van a trabajar. Seguramente pocos espectadores se fijan en el suelo, pero este tiene delimitados los habitáculos del entorno doméstico inmediato inicial (aquel en el que se reiteran mecánicamente las maneras de relacionarse durante años), y los miembros de la compañía realizan recorridos en su interior como si dispusiesen de paredes.
Las relaciones de pareja, o entre padre-hijo, madre-hijo, nuera-suegra… rompen con todos los tópicos, haciendo de los tópicos el argumento principal, de manera que el único matrimonio que se celebra en la escena es el del hijo gay, llevan las cosas al nivel en el que pueden encontrarse, digamos, “en la naturaleza”. Nada se encuentra exagerado, es más, seguro que a mucha gente del público se le ocurrirían más cosas que añadir a cada caso. Pero lo importante es que no hay acritud, que no pretende arreglarle la vida a nadie, ni solucionar los problemas del mundo familiar, sino que expone lo que hay, a fin de que cada cual saque sus conclusiones y, si le parece oportuno, tome las medidas pertinentes o no. Son las relaciones humanas en sus círculos concéntricos más o menos próximos y, quien no lo vea así, o nunca tuvo una familia o se engaña con falsos espejismos. En ciertos momentos me parece percibir influencias de Javier G. Yagüe, particularmente de Siempre fiesta, y es inevitable, ya que las temáticas tienen un cruce en el camino y se saludan, pero cada Gonzala Martín le da su toque personal al asunto.
Al final de la obra, la compañía decide abrir un espacio para sugerencias y debate si alguien quiere quedarse, y la propia autora pone en cuestión hasta el nombre que, por cierto, me parece muy acertado: sugerente antes de ir, apropiado tras la función. Estoy convencido de que el trabajo tiene un gran recorrido, pero además, creo que se presta a revisiones avanzadas sin límite, o a secuelas posteriores en la misma línea, si la misma compañía se atreve a ello, porque es un camino abierto, pero eso en teatro no es sencillo.