Julio Castro - laRepúblicaCultural.es
Entre aburguesarse para seguir con la militancia o abandonar la vida para no perder los ideales, es la tesitura en la que nos quiere obligar Ferdinand Bruckner a posicionarnos a través de su obra Krankheit der Jugend (Enfermedad de juventud), que ahora pone en escena el Teatro de La Abadía, en una producción que, bajo el nombre de El mal de la juventud, y la dirección de Andrés Lima, reúne a un excelente grupo de actrices y actores, algun@s de ell@s muy jóvenes, pero con un gran impacto por su trabajo en escena.
El autor Theodor Tagger, nombre auténtico de quien se esconde tras ese seudónimo, vuelca en este texto algunos de los aspectos que marcan su vida, en cuanto a la escritura, la poesía y su relación con el expresionismo literario, que se marcan en buena medida entre los personajes que interpretan Aitor Merino (el poeta “Cuchi” Petrel), y Amanda Recacha (la pelirroja Irene -o Irma-), pero también en las absurdas situaciones que se derivan de esas relaciones de clase media/clase alta, que reflejan magníficamente el ambiente que pudiera imaginarse en la falsa sociedad romántica de los años ’20, los del charleston, los de la apariencia beata tras las relaciones desgarradas, las del fraudulento avance social de la igualdad, rodeado del abuso machista consentido.
Pero igual que digo que refleja su atracción por ese entorno, y que se ve criticado salvajemente en su trabajo, denota el absurdo de los personajes que llegan a ciertos límites de parangón en las relaciones humanas, próximos a la comicidad de Arniches, como se puede encontrar en la sirvienta, Lucy, que interpreta Irene Escolar, en un papel que se ve tintado de ambos extremos, el de la mujer sumisa, que en un momento dado da rienda suelta a su necesidad de relacionarse con aquellos a quienes sirve, trastocando su papel en un ser tan ridículo como hilarante, a causa de sus maneras y su expresión.
El peso de la interpretación recae de manera especial en Sandra Ferrús, aunque su papel se vea equilibrado (o desequilibrado) por el resto de los personajes que, en su gran interpretación, consiguen no quedar desmarcados de escena, ni siquiera aquell@s con un papel más exiguo.
Estamos ante un caso en que el diseño y la construcción de la escenografía consiguen estar al servicio del trabajo teatral, rompiendo el espacio escénico para darle nuevas dimensiones, de manera que el director se permite sacar de escena a los personajes, e introducirlos cuando forman parte del argumento, teniendo la posibilidad de ignorar la geometría del escenario, al haber diseñado un teatro dentro del teatro, es decir, un cuadrilátero dentro del que ocurrirá la escena (que deja traslucir una habitación contigua secundaria, la de Desirée, interpretada por Marta Aledo), en la que ocurre casi toda la trama principal, pero con los correspondientes espacios laterales en los que se apuntan acotaciones al margen que complementan lo que irá ocurriendo en la escena principal. ¿Es tal vez una deformación de la contemplación de la escena a través de la cámara de un director de cine? Tal vez, pero al disponer el escenario de manera sesgada al público consigue descentrar esa sensación de linealidad, dotando la escena del efecto de una cámara tridimensional, con actores que participan desde fuera.
La lucha de Marie (Sandra Ferrús), por mantenerse en su idea de la vida, irá derrumbándose poco a poco en cada uno de los aspectos, para plantearse de nuevo cada vez, si la nueva opción es la adecuada, o tal vez lo era más la anterior. Ese aprendizaje de ensayo-error de la juventud, se ve condicionado por la actitud de Freder (Iván Hermes), que juega al cínico juego de oponerse de continuo a las posturas de cada uno de los otros personajes, tan sólo para tratar de controlarlos, justificándose en una rancia experiencia. El juego se ve potenciado por la actitud de Desirée, condesa escapada de casa para vivir en un nivel similar, aunque sin padres, pero contrarestado en parte por la forma de ser de Alt (Jesús Barranco), un médico que ha pasado por la cárcel por un delito de conciencia al practicar la eutanasia a un niño, para que dejara de sufrir (no se profundiza en el debate, pero queda el tema bien claro, pensando en su forma de expresarlo, pese a que el original de la obra data de 1929).
En ese entorno, los auténticos prototipos de jóvenes que son Irene, Petrel y Marie, van esculpiendo su vida, marcados en parte por sus deseos, pero condicionados por el entorno en que se mueven, y por el desarrollo potenciado de sus egoísmos o de las limitaciones de la vida.
Merece la pena asistir, no sólo por el gran trabajo de interpretación y de diseño escénico, sino por el propio contenido de la obra que parece reflejar muchos de los sinsentidos de nuestro tiempo y sociedad, pero es preciso introducirse en el espacio de los actores durante la representación, a fin de absorber cada instante y cada uno de los sentimientos que transmiten, ya que lo fácil en un trabajo como este, sería tomar partido por un personaje, o por un grupo de personajes, con el riesgo de perder la visión de conjunto, y de acabar al margen de la obra.