Blanca Vázquez - laRepúblicaCultural.es
Mi amor por el cine no es de hace un rato. Ni siquiera de ayer. Viene desde la infancia o más exacto, la adolescencia, época que estaba viviendo la muerte del dictador, las aguas estaban revueltas, no sabíamos si nuestros padres iban a tener otra guerra y las chicas pollitas, como se nos llamaba, veíamos a las estrellas de Hollywood y sus películas como una puerta mágica donde refugiarse de la grisura (los años setenta tenían color en la ropa si bien los Grises hacían su agosto) del entorno. Yo mantenía una colección de álbumes que creaba yo misma y cuidaba con mimo donde convivían todas las Star, muy al estilo hortera-glamousoro, lo reconozco, de Terence Moix. Entre esos cuadernos, que algún día venderé en el Rastro, Elizabeth Taylor ocupaba mucho espacio.
Veo ahora, en los reportajes y noticieros que se conservan, el recibimiento que la España pacata de la época, 1973, (con insultos por mujer ligera) le dio a Liz en el Festival de San Sebastián y lo ausentes que estaban del mundo terrenal estas diosas que el séptimo arte nos había proveído para soñar.
Su sonrisa, sus ojos, (en las tonalidades violetas o verdes que fueran), sus excéntricos matrimonios, sus excesos con la bebida y las drogas, su pura vida, le dan el estatus de un icono, diosa pagana de Hollywood, sirena del sexo de los setenta con su kaftan, reina Cleopatra con su gran diamante. A pesar de sus medidas, muy alejadas del canon de una espectacular “chica Bond”, la Taylor se erigió en esfinge del deseo, ahí está la muestra de Cat on a Hot Tin Roof (La gata sobre el tejado de Zinc) (1958) y más aún, Butterfield 8 (la mujer marcada) (1960).
Una larga carrera que comenzó en 1942 cuando la jovencita británica solo contaba 10 años. Llegarían leyendas de la historia cinematográfica como Mujercitas (1949), Un lugar en el sol (1951), Ivanhoe (1952), Gigante (1956), El árbol de la vida (1957), De repente el último verano (1959), Cleopatra (1963), ¿Quién teme a Virginia Woolf? (1966), o las antes mencionadas. A partir de los años setenta, y con Miércoles de ceniza (1973), comienza su declive y se refugia en la televisión, como muchos de los realizadores y actores de la época dorada del cine. Su salud, bastante crítica, le ha obligado a visitar el quirófano muchas veces, pocas ganas le quedarían para cirugías estéticas, aunque también las hubo. Pocas actrices han tenido tantos grandes directores a sus pies, empezó con Vicente Minelli a los 18 en El padre de la novia y acabó con Franco Zeffirelli y El joven Toscanini a finales de los ochenta antes de claudicar con la caja tonta. Entre ellos Joseph L. Mankiewicz la elevó a los altares de los sueños con la producción que pretendía sacar a la 20th Century Fox de los números rojos en los comienzos de la década 1960, Cleopatra, cuya valiosa edición especial tengo entre las manos. Con una versión extendida de la película, un documental sobre la dificultad de la producción que cambió Hollywood hacia las grandes superproducciones de altos costos, el making off de la época, reportajes sobre sus estrenos, comentarios del director y trailers varios, Cleopatra es todo un estudio para cinéfilos.
Si bien en un principio, y debido a las miles dificultades, entre ellas la salud de la estrella principal, lo que pareció un gran fracaso comercial, ha demostrado ser más que rentable a lo largo del tiempo. No hay nada como saber envejecer, y algunas películas lo han logrado con matrícula.
La Taylor se convirtió en la actriz mejor pagada, un millón de dólares, de la época, además de los beneficios por los derechos de la filmación con el sistema Todd-AO, como viuda de Michael Todd.
Es bien sabido que durante el rodaje del film, Richard Burton (Marco Antonio) se convirtió en el amante de Liz, y ambos protagonizaron una de las relaciones con más chispas del mundo del cine. Parte del film fue rodado en Almería, así como en Londres, Roma y Egipto. Cuatro Oscar fueron a parar a Cleopatra en 1964, Mejor dirección artística, fotografía, vestuario y efectos especiales. Como actores solo fue nominado Rex Harrison por el papel de Julio Cesar.
La década de los sesenta due, sin duda, la edad de oro de Liz. Siempre querida por el público y la prensa, su charme quedó en el recuerdo de forma permanente, incluso en los últimos años de dura convalecencia y vejez dolorida. Una Norma Desmond que se reflejaría en los espejos de su habitación prisión en los que recordaría su grandeza de Big Star.
Te queremos Liz, porque tú si que has apurado la vida, y que te quiten lo bailao.