J.M. Persánch - laRepúblicaCultural.es
En occidente tendemos “a ver la paja en ojo ajeno y no la viga en el propio…”
Los acontecimientos convulsos recientemente acaecidos en países del denominado “mundo musulmán” (largamente celebrados en occidente) nos han de llevar a preguntarnos, no solo por sus causas sino por sus posibles orígenes. Desde occidente (interesadamente para seguir creyéndose/nos superior/es) tanto los medios de comunicación como los políticos confluyen a la hora de apuntar el foco hacia la falta de derechos y libertades.
A día de hoy, ya inmersos en los comienzos del siglo veintiuno, el ser humano (en occidente) cree verdad inalienable a su existencia aquel ideal que promulgara Thomas Jefferson: todos los hombres son creados iguales…
Entre un extremo basado en un modelo de sociedad del mundo árabe aún tribal y muy rígida, asociada en Europa al antiguo régimen por sus modos de producción y sus relaciones sociales, y el modelo occidental capitalista de libertades no hay apenas diferencias: el pobre es pobre y el rico cada vez más rico. Cabe pues preguntarse: ¿de qué libertades y derechos hablan tanto medios de comunicación como políticos occidentales? ¿Del derecho a una vivienda y una vida digna? (¿de las que expropian los bancos si no pagas o de los millones de nuevos pobres?) ¿Del derecho al trabajo? (cuantos desheredados e indignos tenemos en occidente últimamente) ¿Al de libertad de reunión y expresión? (reúnanse para manifestarse en contra del Rey a ver qué les pasa… como el jueves, barroso…) ¿De qué derechos y libertades hablan?
Ni somos todos los hombres iguales, ni tenemos los mismos derechos. Y ahora hablo de occidente. Existen países y, en consecuencia, ciudadanos de primera y segunda categoría. En Europa, por ejemplo, Inglaterra, Alemania y Francia (secreto a voces) dirigen los destinos del resto de conciudadanos. (Y Estados Unidos a su vez la de esos tres…). La expansión europea no es más (siempre lo fue) que el intento de las sociedades más desarrolladas de obtener mano de obra a precio de saldo para cubrir aquellos sectores que sus nacionales no desean ocupar. Creando así un “orden natural” jerarquizado de la sociedad donde inmigrante es igual a trabajo físico y nacional es igual a trabajo intelectual… ¿acaso son los inmigrantes en occidente ciudadanos de primera?… Sí, solo si vienen de Inglaterra, Alemania, o del norte de Europa… (A un inglés o alemán no se le exige que hable español -¡incluso si tiene un negocio! visiten Málaga o Mallorca…- pero al pobrecito que viene en pateras y se queda entre nosotros, sí.)
¿De qué hablamos pues? De la cuestión de estatus: ¿Qué es el estatus? ¿Quién lo otorga? ¿Cómo se obtiene? Acudiendo al diccionario de la R.A.E. encontramos la siguiente definición:
Estatus.
(Del ingl. status, y este del lat. status, estado, condición).
- m. Posición que una persona ocupa en la sociedad o dentro de un grupo social.
- m. Situación relativa de algo dentro de un determinado marco de referencia. El estatus de un concepto dentro de una teoría.
Una segunda definición, algo más amplia, la hemos extraído del diccionario Sensagent:
Estatus
Posición o situación de una persona con relación a los demás, dentro de un sistema social, legal o profesional, que se manifiesta por diversos indicadores (de consumo, de prestigio, etc.) En sociedades de clases el individuo lo obtiene por una movilidad social; en sociedades de castas se confiere desde el nacimiento sin posibilidades de cambio: status colonial, status jurídico, status social, el status ideal de la mujer.
La sociedad estadounidense quiso romper con el modelo europeo de un orden social basado en la descendencia (sociedad de castas). En este nuevo mundo no habría reyes de sangre azul que rigieran los destinos de sus súbditos. Para ello creó la ilusión de un sueño por el que cualquier persona, mediante sacrificio, esfuerzo y compromiso podría llegar a ser quien se propusiera. En otras palabras, obtener un reconocimiento a través de su ascenso en su estatus la jerarquía social. Así nació el sistema de meritocracia. Y con este, el sentido de comunidad. Para eso nos sacamos títulos universitarios, aunque algunos luego nunca ejerzan o acaben (así se lo explican) por saturación del mercado laboral (es decir, por mala suerte), desempeñando labores igualmente honrosas, por ejemplo, en un supermercado. Ese esfuerzo no recompensado se convierte en ansiedad. Y esa ansiedad en sentimiento de vergüenza y fracaso. Pero entonces ¿Dónde está la recompensa prometida por esos méritos? El merito no reconocido es igual que el mérito nunca obtenido.
Los ideales de izquierda tildan el sistema de meritocracia como un mero sistema transparente de control. La maestría de este sistema es hacer creer como cierta una simple ilusión, de la que se beneficiarán los de siempre, porque la meritocracia no es más que un modelo productivo del modelo capitalista. En la actualidad, para no levantar sospechas, se han renombrado las actividades y procedimientos que enturbiarían el sueño de una sociedad neutral. Aprenda que, ahora, se llaman padrinos no enchufes, y que el rey es un juez mediador entre izquierda y derecha, no un ser elegido de Dios, y que no hay negros sino personas de color… aprenda que, no hay países ricos ni tercer mundo sino países en vías de desarrollo, no se pierde inversión sino que se crece en negativo, los bancos no se quedan con tu dinero sino que reparten dividendos, no se despide sino se procede a la flexibilización de plantilla y, cómo no, no se mata a inocentes por petróleo en ese mundo del que denominan mundo árabe, sino que se producen daños colaterales en pro de su liberación, para que así llegue la democracia y les otorgue a sus ciudadanos los mismos derechos y libertades de las que nosotros gozamos.