Julio Castro - laRepúblicaCultural.es
Llego a la conclusión de que, teniendo unos “mandatarios” políticos tan miserables y casposos, a las gentes de la cultura y las artes de la Comunidad Valenciana no les queda otra que ser maravillosa. Y no sólo por lo que veo por Madrid (podríamos pensar que sólo viene lo mejor), sino porque las cosas que veo allí y aquí pueden ser referente del nivel creativo de ese entorno. Seguro que por nuestra comunidad ocurre lo mismo, pero es que aquí somos mucha gente y, generalizar (en uno y otro lugar), tampoco es lo mejor (respecto a los mandones políticos sí se puede: si no, seríamos otro país).
Lo que ocurre es que, cada vez que veo algún trabajo que ha pasado por manos de la gente del Espacio Inestable, o de su compañía Teatro de lo Inestable, salgo indefectiblemente maravillado y con necesidad de contarlo y de repetir (si pudiera…). Sea teatro, sea danza (como en este caso), o el género que propongan (multidisciplinares ell@s), el resultado es un trabajo bien hecho, cuidado, llevado con cariño desde su idea hasta su concepción artística.
Ahora incorporo a La Casa Amarilla Danza, con Cristina Gómez en al dirección de este trabajo, así como en la coreografía, y me reafirmo en la valía de Maribel Bayona, Jacobo Pallarés y pedro Lozano, que están detrás de los textos del montaje.
De trasfondo dos cuestiones, una es la lejanía de la comunicación a través de las redes sociales, que acercan entre gentes lejanas, en menor medida que alejan a quienes se encuentran al costado mismo. Por otro lado, quiénes somos y qué nos gustaría ser, cómo vemos a los demás y de qué manera nos gustaría que nos percibiesen. Cristina utiliza diferentes formatos, muy interesantes en todo caso, para recorrer la idea desde una comunicación por medio de una red social, conectada en pantalla con un supuesto perfil suyo y otro de Maribel Bayona, para arrancar su movimiento, por medio de unos paseos con los personajes que crean sus manos sobre las líneas de luz o los caminos que traza el suelo, y que acaban por poner en danza todo su cuerpo.
Como digo, vemos distintos formatos, entre los cuales, bailará con la pantalla de video, jugando a contactar con quienes no están presentes, “robando” el carácter de cada uno de los personajes con los que comparte en diferido, como el rock de AC-DC, en que se mezcla con Esther Melo, o ese tema de la Bruni que compartirá con la Bayona, de Cada una comparte y recorre cuerpo de la bailarina a su manera, y se deja recorrer y mover por ella en el propio video, donde Cristina no está. De uno a otro, estilo, parece que se resuelven con el gracioso Smelly Cat, de Kindergarten. Son soledades de danza o espacios de danza compartidos en la distancia, como una red social que no te hace compañía, pero te permite usar una herramienta.
Líneas concéntricas rojas, como un corazón latiendo sobre sí mismo con la protagonista en el centro, estelas de sí misma como efectos especiales en la pantalla, o un electrocardiograma que recorre el suelo del escenario, llenan de sugerentes ideas el trabajo junto al movimiento que la propia Cristina aporta. Otras imágenes y movimientos en la luz, la penumbra, la proyección y el contraste, permiten a la bailarina sentirse protagonista y protagonizada, pero necesitada como dice en su texto inicial, Yo nunca seré una estrella de rock habla de gente que lleva una vida paralela en la red y que pasa las horas muertas enfrente del ordenador relacionándose con gente anónima con la que se identifica pero que apenas se conoce.
Me gustaría volver a casa relamiéndome y saboreando tragando la saliva que aún supiese a ti. Ni por un momento se me pasaría por la cabeza la idea de beber agua no fuese que se borrase el recuerdo de ti, el sabor a ti. Me gustaría volver a casa relamiéndome y saborean dote tragando tu saliva buscando con mi lengua los recovecos que antes hubiese buscado tú. y el cielo sería rosa, rosa boca, rosa lengua…
También otras músicas, entre ellas las originales de Edu Marín y los montajes audiovisuales de Aurora Diago. Pese a lo que Cristina dice al final y aunque no sea nunca una estrella de rock, quien sabe si no decidiré hacerme un poster de ella para mi habitación… y si no, alguien lo hará seguro.
Como dato curioso, se trata la segunda Cristina Gómez de la danza valenciana que conozco en Madrid en un mes: la anterior era de Enámbar Danza, esta es de La Casa Amarilla Danza. Aclarémonos, son diferentes, pero quedan ambas incorporadas a mi repertorio de las artes escénicas valencianas.
Cuando la socialización se hace de cara a la pantalla de un ordenador, cuando gran parte de las relaciones personales se transforman en virtuales, nace un fenómeno de gran calado que merece ser analizado con detalle.
Esta coproducción de la compañía casa amarilla y teatro de lo inestable pretende reflexionar sobre cómo han cambiado las relaciones interpersonales con el boom de internet, las nuevas tecnologías y el auge exponencial de las redes sociales.
Yo nunca seré una estrella de rock habla de gente que lleva una vida paralela en la red y que pasa las horas muertas enfrente del ordenador relacionándose con gente anónima con la que se identifica pero que apenas se conoce.
Me gustaría volver a casa relamiéndome y saboreando tragando la saliva que aún supiese a ti. Ni por un momento se me pasaría por la cabeza la idea de beber agua no fuese que se borrase el recuerdo de ti, el sabor a ti. Me gustaría volver a casa relamiéndome y saborean dote tragando tu saliva buscando con mi lengua los recovecos que antes hubiese buscado tú. y el cielo sería rosa, rosa boca, rosa lengua…