Blanca Vázquez - laRepúblicaCultural.es
El cineasta sueco afincado en Estados Unidos Lasse Hallström tiene en su haber una larga y confortable carrera sustentada en parte por adaptaciones literarias. Desde sus comienzos, 1977, con ABBA (documental de la gira del grupo por Australia) ha pasado por historias ( ¿A quién ama Gilbert Grape?, Las normas de la casa de la sidra, Chocolat, Atando cabos, Casanova, La gran estafa, o la lacrimógena Hachico, Siempre a tu lado) que muestran un regusto excesivo por lo sensiblero, aunque Hallström se esfuerza sobremanera por un acabado artesano que no chirríe demasiado en las juntas.
Llega ahora al candelero cinematográfico, desde Reino Unido, con la adaptación, (donde más parece sentirse cómodo este artista) de un best seller del año 2007, La pesca del salmón en Yemen. Recuerdo haber leído el libro de Paul Torday el verano de ese mismo año, con lo que mi recuerdo es sumamente vago, aunque dejé mi entusiasmo plasmado en un comentario desenfadado donde ya aventuraba la idea de una posible adaptación cinematográfica.
Hete aquí que la industria, en cuya producción interviene mayormente la televisión británica, ha decidido que estos tiempos difíciles necesitan historias de esperanzas imposibles, rociadas de comedia y de visiones optimistas y transformadoras (dado que estamos en una lenta y angustiosa transformación de nuestros mundos). Nada que objetar al intento. Hallström trabaja la cámara y los encuadres con esmero, los diálogos son redondos gracias al trabajo del guionista Simon Beaufoy (en su haber la oscarirada Slumdog Millionaire), y el trabajo de los actores es encomiable y agradecido, a destacar Ewan McGregor como el funcionario gris y friki del mundo de la pesca y la sensacional vena cómica de Kristin Scott Thomas (lo mejor con diferencia) como jefa de prensa del Primer Ministro británico.
De hecho la película arranca con grandes esperanzas de convertirse en lo que supuso el libro en su momento, “Paul Torday ha roto barreras con este su primer debut. Ha compuesto una novela tan insólita en su estructura como imaginativa es su contenido políticamente incorrecto”. Es fresca, su humor contiene una ironía renovadora y osa convocar cierta experimentación y extravagancia encaminada a una vena fantasiosa. Pronto nos damos cuenta que esto cambia. Al cabo de cuarenta y cinco minutos la cinta torna hacía un aroma romántico (que apenas aparece en el libro) y la típica sensiblería y dulcificación a la que tiende por defecto el cineasta, convirtiendo el atrevimiento del libro en un tono demasiado políticamente correcto, acomodaticio y banal.
El argumento es cuanto menos original: el jeque árabe Mohamed ben Zaidi bani Tihama/Amr Waked, un visionario, culto, religioso, de exquisitos modales y sobre todo rico tiene la convicción (y esperanza como mensajera de paz) en que la pesca de salmón, deporte que práctica en sus estancias temporales en Escocia, puede ser una idea excelente exportable a su país, el desértico y hermoso Yemen. El dinero lo puede todo, pero la fe es una energía más estimuladora a la hora de hacer cumplir cualquier idea imposible. A través de su abogada en Londres, una joven y atractiva Harriet Chetwode-Talbot (Emily Blunt), contacta con el gris doctor Jones (McGregor), del Centro Nacional para el Fomento de la Piscicultura, con el fin de que sea este científico el encargado de hacer realidad este sueño. Será, a partir entonces que la anodina, fría y estable vida del doctor, envuelta en un matrimonio que da más grima que pena, dará un giro de 180º .
El resultado final es una cinta de tono agradable, donde, sin embargo, toda esa cascada comunicativa del libro: e-mails, memorándum, faxes, cartas, estudios de viabilidad, fragmentos de diarios, interrogatorios, comentarios en la prensa, guiones televisivos, testimonios y demás quedan reducidos a unos mensajes de mail muy cómicos entre la Sra. Maxwell/Scott Thomas y el Primer Ministro, algún comunicado con webcam entre el jefe de Alfred Jones y el defensor de los pescadores británicos y un buen marketing para smartphones de última generación. Lástima que ese tono humorístico desaparece hacia la recta final, dejando al espectador sin asideros para recordar algo memorable.
No obstante la estupenda escenografía, y el trabajo de actores, entre los que también destaca Emily Blunt, el film no responde a las expectativas creadas, dividiendo el proyecto en dos partes diferentes, dos tonos bien diferenciados que malogran esa continuidad de las intenciones de la historia original, al tiempo que desorientan al cinéfilo.