Julio Castro - laRepúblicaCultural.es
La Red de Teatros Alternativos, que reúne a numerosas salas de nuestro país dedicadas a las artes escénicas, celebró en estos días su 18º Congreso en el que, además de debatir sobre su situación actual y renovar la junta directiva, llevó a cabo un análisis de las perspectivas a resultas del estudio realizado sobre su funcionamiento.
Tras realizar un interesante y detallado trabajo que denominan Radiografía de un sector al borde del colapso. Reflexiones compartidas por las Salas Alternativas a nivel estatal, las conclusiones dejan patente la realidad económica en la que se encuentran, y a partir del cual se pueden extractar visiones que difieren mucho de lo que hasta ahora se pensaba acerca del sector y de su economía.
En un breve manifiesto de reflexión y denuncia se preguntan “¿era sostenible el ladrillo? ¿Es sostenible la banca? ¿Es sostenible nuestra clase política? ¿Por qué los agentes culturales, los protagonistas de la danza y el teatro, quienes tenemos un modelo de gestión que sí es sostenible y está basado en las buenas prácticas, debemos ser castigados por la mala gestión de otros?” Son preguntas que much@s ciudadan@s nos hacemos cada día y sólo encontramos una respuesta: para tapar los desmanes y fechorías de quienes se benefician de todo. Pero no se limitan a preguntar, sino que exigen lo que cualquiera debe exigir siempre: “si ha de haber un cambio de sistema, exigimos que se nos consulte. No se trata de si debemos ser mecenables o no, subvencionables o no, rentables o no, se trata de que si cambian las reglas de funcionamiento del sistema y no se nos tiene en cuenta, se atenta contra el valor primordial de cualquier principio democrático, y eso sí que no podemos permitirlo”.
Este texto valiente acompaña a una realidad explorada en estos tiempos por las mismas salas, y que se publica en el estudio que antes mencionaba. Por una parte, lo que siempre se ha entendido como un entorno que las Administraciones Públicas sostenía de manera artificial, deja ahora patente que en realidad ha venido siendo impulsado en su mayor parte por las propias salas y por sus actividades paralelas, dejando la parte de subvenciones exclusivamente al fomento de las artes escénicas. Esto, que parece que es normal como en cualquier sector, no resulta adecuado ni suficiente para quienes, a través de muchos medios y herramientas, vienen siendo denostados y acusados de vivir del dinero público, empeorando para el sector una cuestión de calado, como que la cultura debería ser accesible para todo el mundo en cualquier sistema justo y democrático, pero desde el actual sistema (que no cumple con dichos mínimos) está en vías de emprender métodos de acción, incluso, contra quienes tratan de cumplir con estos derechos democráticos y constitucionales.
Según los resultados que pueden leerse en el estudio, se concluye que apenas entorno a un tercio del coste real de una entrada a las salas procedería del dinero público (hablamos de media, ya que la territorialidad influye e introduce variaciones en cuanto a subvenciones de ayuntamientos y comunidades autónomas). De los dos tercios restantes, una parte del dinero que sirve para “pagar” esa butaca tipo proviene del bolsillo del espectador, es decir, de la taquilla. El tercio que queda, ni siquiera proviene de la actividad de muestra teatral, sino que es aportado por la sala a partir de otros trabajos y actividades, como pueden ser escuelas y cursos de formación u otros.
De esta manera comprobamos que el auténtico fomento de la cultura en este ámbito no proviene de la parte pública, como debiera ser, ya que son quienes tienen la responsabilidad última, sino de la parte privada.
Así queda desmontado el mito de las salas teatrales que viven de las subvenciones públicas y, por ende, de las compañías que lo sacan de ahí. Si vamos a la parte laboral, los resultados son desoladores, puesto que una nómina media en una sala viene a ser de 13.700€ anuales brutos (es decir, incluyendo cuotas sociales y demás), que si nos referimos a la Comunidad de Madrid se rebajan tan solo a 10.000€ anuales.
Estamos hablando de un sector que anualmente mueve a varios cientos de personas en empleos directos, además de los ingresos indirectos relacionados, no sólo con las compañías, sino con cada profesional del sector que obtiene beneficios de estas actividades (desde técnicos y representantes, hasta diseñadotes e imprentas).
Todo ello por no hablar de que tratamos de una responsabilidad que debiera ser pública, pero que este sistema está incapacitado para llevar a cabo, pero, no satisfechos con eso, sus responsables quieren impedir que nadie pueda hacer una cultura de calidad y para todos. Puesto que hablamos de teatro, citemos: el perro del hortelano.
A mediados de 2012 muchas salas no han recibido la subvención concedida el pasado año (caso de la Comunidad de Madrid), otras no la recibirán porque no las hay y, por fin, otras han tenido que hacer números para aportar por otras vías aquello que no se les da, pese a que los impuestos son cada vez mayores.
Es curioso que el sector cultural, a pequeña escala, sea reflejo de la sociedad en un nivel micro, es decir, que los pequeños vean cómo se les merma el dinero por un lado, mientras sale a espuertas para otros menesteres. En muchos casos no hay vergüenza alguna para entregar enormes partidas presupuestarias a entidades públicas que hacen gestión meramente de política de partido y que, a su vez, derivan el dinero a servicios no relacionados con el ámbito cultural (caso de los Teatros del Canal y las empresas de Florentino Pérez). Pero esto, que parece lo normal, no es más que la más pura perversión del sistema: quienes atacan lo público y dicen defender lo privado (la ultraderecha del gobierno) han encontrado la manera de vaciar las arcas públicas, pero no para lo privado, sino para su entorno inmediato.
Mientras tanto las salas, como las compañías y otras entidades y grupos de ciudadan@s, salvaguardan la cultura de nuestro país y empeñan su vida, su trabajo y sus bolsillos en ellos, así que no es de extrañar que las salas y l@s creador@s se hayan hartado de esta situación y en breve les veamos en pie de guerra frente a lo que se está perpetrando contra la cultura. Una de las propuestas finales tras el congreso ha sido la creación de una plataforma de lucha y defensa frente a lo que sucede: Cultura contra la Mentira. De momento incluirá las conclusiones y propuestas de las pequeñas salas teatrales, pero ya desde su inicio pretende que sea un lugar de encuentro para toda la cultura y las artes, donde cada cual pueda exponer su realidad frente a las mentiras de los gestores públicos. Una labor complicada, pero necesaria, en la que habrá que participar y colaborar.