Blanca Vázquez - laRepúblicaCultural.es
No soy amiga íntima del cine español. Su falta de presupuesto y ayudas resulta más que evidente y da como resultado producciones que incluso, con buenas intenciones, albergan taras y defectos incongruentes. No nos faltan buenos actores, ni buenos directores y productores, ni tampoco ideas, incluso en nuestra historia tenemos un filón interminable. Gerardo Herrero es un productor y director interesante y trabajador, visto su largo historial desde finales de la década de los ochenta. Como productor me pareció estupendo el resultado de Un cuento chino (2011), Todas las canciones hablan de mí (2010), Balada triste de trompeta (2010), El secreto de sus ojos (2009) o La vida mancha (2003), por destacar algunas de la infinidad que tiene producidas. Entre los productos de su propia mano, destacan pocas, quizá Los aires difíciles (2006), El misterio Galíndez (2003), Territorio comanche (1997) y la que me ocupa en estas letras, Silencio en la nieve (2011), recién estrenada en DVD y Blu-Ray.
Deducimos que a Herrero le gusta adaptar ficciones literarias, nuestras sin duda, (Almudena Grandes, Belén Gopegui, Arturo Pérez-Reverte…) y plasmarlas en el lenguaje cinematográfico. En cierto modo cuando nos gusta una historia deseamos ver a sus personajes moverse detrás de una pantalla. La novela negra de Ignacio del Valle, El tiempo de los emperadores extraños, debió atraer lo suficiente a Herrero para desarrollar un misterioso thriller en plena batalla entre nazis y rusos en 1943, con la aportación que el fascismo español hizo por medio de su División Azul. Sin duda una visión diferente, y necesaria para no repetirse tanto, de la posguerra española y los tiempos difíciles de la Europa de entonces.
Silencio en la nieve es un film de gran interés. Para empezar porque nos sitúa en un cine de pretensiones más amplias, más universales, de estética grandilocuente y no mal conseguida. El comienzo con los caballos helados medio hundidos en la nieve, que hace alusión al film bizarro My Winnipeg del canadiense Guy Maddin, es espectacular. Escenario fantasmagórico para el descubrimiento de un cadáver con una frase gravada a cuchillo en el pecho, Mira que te mira Dios, propio del noir más expresionista y tenebroso donde las fronteras entre los buenos y malos siempre se han difuminado. Esas fronteras resultan aquí, en el film de Herrero, ambiguas, donde está ausente el maniqueismo que difícilmente puede evitarse, y convierte al film en un producto más hard-boiled que histórico, dándole un carácter propio y de sumo interés a la investigación de una serie de asesinatos en una situación de por sí catastrófica, soldados desahuciados viendo la guerra perdida ante un ejército rojo draconiano, en que la vida de estos soldados, y algunos lugareños, no vale gran cosa, y para sus “asociados” nazis, nada en absoluto.
No he leído la novela, por lo tanto solo puedo hablar de la plasmación que de la misma ha realizado el director y productor español. Exponer no solo la tarea de investigar una serie de asesinatos personales en un campo de batalla, también en las personalidades y motivaciones de la carne de cañón que constituyó la unidad española de voluntarios en el Frente Oriental. Una manera de mostrar las secuelas de la posguerra española, (motivación por otro lado de los asesinatos cometidos, como verán al final) y los diferentes motivos que llevaban a soldados y oficiales a formar parte de la unidad en un entorno frío como el infierno, donde cabían sujetos de todo pelaje, desde falangistas, aventureros o republicanos infiltrados. No solo el nivel técnico es admirable, el trabajo de los actores confirma que hay buena cantera para intentar hacer un buen cine español. Juan Diego Botto en el papel de Arturo Andrade, el soldado raso, ex policía, utilizado por todos, junto a su compañero el sargento Espinosa, un Carmelo Gómez en estado de gracia, encabezan el reparto, en el que también brillan figuras como Sergi Calleja, Francesc Orella o Víctor Clavijo. Un cine de testosterona donde la figura femenina da el contrapunto de humanidad a través de las caricias de unos minutos de amor.
De argumento equilibrado, aunque ciertos desvíos de la trama no acaban enderezándose, agradecemos que no se den esos giros sorpresa a los que son tan aficionados realizadores artificiosos para epatar al espectador. La escenografía y ambientación están trabajadas al detalle, consiguiendo un efecto de superproducción a pesar de ciertos efectos especiales baratos. Cine patrio bien encaminado.