Julio Castro - laRepúblicaCultural.es
Entrada en oscuro, apenas un recorte de los rostros en la sala: ha entrado un personaje, entra otro más, tres, cuatro… hasta los siete que componen el elenco. Las expresiones son de extrañeza, de sorpresa, de exploración, algo de miedo ¿dónde estamos? Y ¿quiénes son estas personas?
L@s protagonistas de este trabajo dirigido por Mey-Ling Bisogno tratan de encontrar su lugar, de encontrarse a sí mism@s, de ubicarse en el entorno y, cada cual, según su carácter. La nueva coreografía que nos presenta esta autora y bailarina internacional afincada en Madrid desde hace años, tiene el inconfundible sello de su factoría. La música intensa, marcada, los sonidos propios de un trabajo que no tiene nada que esconder y que todo lo expone a las claras al escenario. La delimitación del espacio que impide, salvo en dos momentos concretos, la salida de sus intérpretes para demostrar el entorno en el que estamos, pero también, que nada se esconde a nuestra vista. Un vestuario que me reafirma en la línea de trabajo de Mey-Ling, que deja reminiscencias de los anteriores y que junto con algunos aspectos de la música, no me apea de las influencias de la cultura del manga (que ya se plasmaba en su anterior trabajo, título incluido) y además me recuerda mucho a cierto estilo de anime, trayendo a escena la parte cultural occidentalizada del mundo asiático.
En cuanto al diseño de movimientos, me atreveré a decir que llegan por tres vías, una proviene de las influencias artísticas percibidas por la propia coreógrafa, con rasgos que incluyen estilos de corte galo, pero también local, con trabajos de grupos, pero también con solos y dúos simultáneos, que obligan cada espectador a decidir qué parte de la coreografía quiere seguir en algunos momentos, porque aunque la trama venga a ser la misma, la autora nos quiere confundir a modo de ilusionista, con dicotomías que tienen movimientos aparentemente diferentes entre sí, pero con repeticiones que en su progresión van creciendo. Es ese crecimiento el que acaba por integrar el trabajo de conjunto.
La segunda de las vías a las que me refería, creo que viene marcada por el trabajo que ella define a partir de los conceptos que trata y de las propuestas que quiere plantear al público. En ellas me parece que respeta enormemente la forma de expresión de cada ejecutante, y sabe aprovecharlo en toda su medida para sacar el partido de la selección de artistas que incluye. Por eso, aunque me sorprendió que la misma Mey-Ling no estuviera en el elenco, entiendo que ha querido marcar desde fuera y mirar cómo el conjunto se desarrolla y crece a partir de su dirección sin tener que liderar en el escenario. Así que, lo que perdemos por una parte al no bailar ella, seguramente, se gana por la otra, la de la dirección.
La tercera compete precisamente a l@s artistas que participan, y hay que detenerse un instante en este punto para analizarlo, porque he podido ver un equilibrio complicado de lograr, sobre todo cuando no cuentas con un presupuesto millonario como para hacer un casting entre cientos de participantes. Lo que me lleva a pensar que es fruto del conocimiento del medio. Y es que me parece que es una mujer que conoce bien el entorno artístico en el que se mueve, que sabe seleccionar bien a su equipo, que tiene la enorme capacidad de adaptar sus ideas a los medios y, sobre todo, que sabe captar muy bien la forma de trabajo y las ideas de quienes trabajan con ella. Esta es la tercera línea por la que creo que se construyen sus coreografías, todas enmarcadas en un proyecto común y de líneas claras, ya que, de otra manera, no se podría ver claramente el sello al que me refería al comienzo.
La plasticidad de otras ocasiones está presente en el escenario, con momentos de diseño de conjunto impresionantes, en los que se echa de menos no poder observar desde más alto el conjunto de la escena, o no poder estar en el centro del escenario observando. La obra juega al oscuro naranja veteado de colorido con iluminaciones fuertes, que no siempre coinciden con la dinámica del movimiento, creando una especie de oxímoron en la coreografía, porque si es cierto que por momentos se hace la luz sobre cuerpos desnudos para dar pie al desenfreno de danza, no es menos cierto que la penumbra alberga acción intensa, o que algunos momentos de enfrentamientos y peleas son llevados a cámara lenta pero con iluminaciones elevadas (y, en este punto, vuelvo a señalar la clara influencia del género anime en la coreografía, con un resultado interesantísimo y muy divertido).
En la distribución del elenco, creo que se ha tendido a un buen equilibrio, de manera que Ana Crouseilles encuentra a una “igual” en Sara Peinado, que contiene su misma potencia y energía, por lo que se ven dispuestas en momentos similares y en ángulos opuestos tratando de equilibrar el peso escénico, pese a que cada una tiene su momento principal, como el resto de participantes. Diana Bonilla, al igual que en otras ocasiones, tiende a crear su propio espacio, marcando movimientos personales y desarrollando momentos a quienes se sumen a su alrededor a través de su acción y el entorno que crea en su influencia. No nos engañemos, no se trata de improvisación (muy al contrario), pero a veces los estilos propios pesan mucho y el carácter tiende a influir en el entorno. Candelaria Antelo establece el contrapeso a la vez con Diana y con Aitor Presa, y es que ella es pura energía que explota por momentos en escena de forma imparable, más eléctrica que en el caso de Sara (que también tiene esos momentos), porque sus estilos y su estructura de movimientos es muy distinta. Aitor no sé si había hecho algo de danza previamente, pero aunque creo que nada en este nivel, hace un trabajo muy bueno, marcando de una forma muy especial momentos y movimientos, en los que se percibe claramente el peso de la experiencia teatral, pero sé que está encantado de encontrarse en medio de esta historia, y se percibe el entusiasmo en su ejecución. Víctor Ramos y Rafa Ibáñez se equilibran entre sí y, teniendo, al igual que el resto, sus momentos de protagonismo, quedan en un papel algo más discreto, con lo esencial del apoyo a los movimientos, que en ocasiones queda eclipsado por el foco de atención (por ejemplo en los desplazamientos de Diana y Candelaria por los aires en su lucha, que es un movimiento complejo, pesado y que requiere de gran coordinación para que no quede sucio, ni desmerezca la idea o la imagen).
Lo difícil en la vida es conocerte a ti mismo, antes de que lo hagan los demás y te encajen en un hueco, lo difícil es saber qué movimientos puedes hacer en tu entorno y tratar de moverte y encajar con el resto. Por eso, este Peep Box (traducido como caja de sorpresas, pero podríamos decir literalmente “echar un vistazo a la caja”, donde vivimos) diseña espacios y encuentros, más o menos agradables, más o menos enfrentados, amables o violentos, pero claros. Finalmente, tal vez no sepamos quienes somos ni por qué, pero al menos podremos aproximarnos en el espacio en que nos ha tocado vivir. Entre la farsa y la comedia, entre la tragedia del enfrentamiento y el acuerdo de la convergencia, los caracteres que la coreógrafa ha diseñado con su compañía, nos dejan claro que hay una investigación del ser humano, una gran capacidad de transmitir su historia, y un modo de tratar de aportar su grano social a nuestra vida. Los movimientos van creciendo con el tiempo, pero están en un espacio del que no hay salida, como en nuestro entorno. Finalmente descubrimos que todo se divide entre la posibilidad de lo individual y la acción colectiva de la masa, como propuesta y como movimiento en la vida, pero como Mey-Ling y su gente son muy libres (o lo quieren ser), acabará primando lo individual como cooperativo frente a la masa inerte o el individualismo insolidario. Así los veo, y así me parece que conciben su trabajo artístico, sin miedo a ir a destiempo, como marcan también en algunos momentos, sin miedo a quienes les observan, porque hacen lo que quieren hacer.
Remato diciendo que un trabajo de estas características, con siete intérpretes, su directora y coreógrafa, al margen de técnicos y diseñadores de luz y sonido, no será económicamente rentable en los tiempos que corren, pero esta gente quiere tirar adelante y con sus propuestas, cueste lo que cueste, y es preciso que el arte pueda (de una vez) vivir del arte, especialmente cuando lo merecen. Oscuro.
Peep Box, último trabajo de la bailarina y coreógrafa Mey-Ling Bisogno, explora el concepto de la influencia de las miradas ajenas sobre la psique personal.
Provocando encuentros, conflictos, confluencias y contradicciones, siete personajes se buscarán a sí mismos en la confusión de un tiempo (el nuestro) sobrecargado de información.
Siete personajes que no se conocen entre si, se encuentran en un espacio delimitado, un lugar donde no existe el tiempo, donde la vida es un eterno presente, una vida sin corte.
Sin posibilidad de salir y sin posibilidad de aislarse, pues siempre, estarán mirándose entre si; este grupo iniciará una extraña convivencia donde se crearán alianzas, enfrentamientos, encuentros, rivalidades y confluencias. Cada personaje será lazo para el otro. Al verse imposibilitados de salir, solo podrán eludirse mentalmente con la ayuda del otro.
Juntos reinventarán un universo, como un territorio virgen por el que podrán transitar tanto en el tiempo como en el espacio, materializando trayectorias más que destinos, en un deambular más que en avance, este viaje estará hecho de líneas dibujadas en el tiempo y en el espacio. Y al final, a pesar de no ver la meta, cada uno habrá llegado a un punto, el del conocimiento profundo de sí mismo y el entendimiento del otro.
“Nuestra esencia, aquello que nos definirá, es lo que construiremos nosotros mismos mediante nuestros actos”. Jean-Paul Sartre El ser y la nada (Lêtre et le néant, 1943).