Julio Castro - laRepúblicaCultural.es
Una tremenda oruga blanca sale arrastrándose por el suelo del escenario: es impresionante, y a la vez inquietante. De su interior apenas se traslucen movimientos de apéndices y partes de cuerpos que, como comprobaremos poco después, responden a la evolución de une estado de pupa en el que se desarrolla un cambio.
La gran oruga aparece como la promesa de la realidad futura que surgirá de ella. Nadie puede garantizar la Hermosura que surgirá de su interior, así que tendremos que aguardar para conocer su futuro. Y como si de un parto se tratara, cada uno de los personajes va naciendo de su extremo a una nueva vida, a partir de lo que era una oruga-crisálida. Cuerpos desnudos, escurridizos en sus fluidos de nasciturus apenas paridos, resbalan sobre sus extremidades que apenas les sostienen, hasta que logran ponerse en pie para aprender su movimiento.
El nuevo montaje de Mey-Ling Bisogno reúne a buena parte del equipo que recientemente estrenó Peep Box en Madrid. A él se incorporan a última hora Tomás Pozzi en la parte de danza y Diego Duarte en la teatral, sumando a la propuesta un diseño que complementa el trabajo de danza más serio y la propuesta más humorística de Mey-Ling. Por su parte, la música de Martín Ghersa, que ya es una constante lógica y casi necesaria en las construcciones de la coreógrafa, se enriquece con la participación de Isabel Romeo Biedma, manejando los bachi de sus tambores Taiko. Nada que envidiar a la producción musical de anteriores trabajos para la compañía, aunque mucho más volcada en la percusión de en otras ocasiones.
Tras la puesta en pie de los seres provenientes de esa gran oruga, llegará el aprendizaje del propio cuerpo, después la comparación con lo ajeno y cercano y, por último, el constreñimiento que limita los parámetros de los estándares sociales… o tal vez no. Estamos ante una propuesta en la que la belleza, la hermosura que nos presentan, debemos aprenderla desde otros puntos de vista, diferenciando entre lo común, lo socialmente impuesto y lo que se sale de la norma. Es cierto que la coreógrafa juega con bell@s integrantes de su compañía, pero sabe llevar a cabo a la perfección su tranformación para concebir la idea que nos propone. A veces con las limitaciones de sus personajes, y en ocasiones con sus dificultades, pero muchas veces con sorpresa, al aceptar cualquier opción como válida en un mundo que quiere homogeneizarlo todo. Es esa lucha contra lo establecido lo que acaba constituyendo la línea habitual que traza Mey-Ling en sus construcciones, y en esta más abiertamente.
Así, vemos a Tomas Pozzi que se siente bella con su vestido de flores, con el que vuela como una cometa, pero una cometa que, en definitiva no deja de tener las cuerdas que son manejadas por otras personas, en tanto que no dejan de sujetarle a la tierra a la que puede caer pesadamente. Entre unas y otras escenas, la coreógrafa introduce algunos fragmentos retomados de montajes anteriores como Manga, y tal es el caso de las dos bailarinas unidas por las mangas de su vestido (en este caso Ana Crouseilles y Sara Peinado), que, tras su unión inevitable, acaban por liberarse en extremos opuestos.
Pero encontramos otras imágenes, como el juego del contraste entre la delicadeza y la torpeza, o el aspecto grotesco que cada cual puede asumir como el más atractivo e interesante del mundo (una mujer con cuatro piernas que se divierte colocándose sus tacones, o el contraste de cuerpos deformes en sus contornos, que muestran una armonía completa). Otra escena “robadas” a montajes pasados (en este caso Spleen et idéal), convierte a Ana Crouseilles en una mujer atada a unas muletas, que no se resigna a su movimiento, a su danza, por lo que acaba por incorporarlas a su desarrollo.
Toda comparativa es poca, y en cada escena acaba por convencernos de la diversidad de las bellezas, dando en cada imagen un sentido nuevo a los conceptos. Así, cuando Aitor Presa se ve en un cuerpo inflado de aire y deformado por globos, muestra su posibilidad de generar figuras estilizadas, que tras asumirlas, se ven invadidas por un nuevo cuerpo en similares condiciones (en este caso el de Mey-Ling), pero con colores mucho más vivos, que evolucionan hacia una belleza complementaria diferente.
Sara Peinado remata la idea al aparecer en forma de personaje oscuro: en principio dudo de si es tal o se trata de un demonio negro similar a Ryuk, el demoníaco shinigami de la serie manga Death Note, pero pronto se evidencia que se trata de un Cisne Negro, que pese a la belleza no es ágil, sino patoso, de movimientos mecánicos y aparentemente torpes: la intención opuesta a un Lago de los Cisnes. Sin embargo se empeña en destruir las formas corporales de los otros para dejar espacio al nacimiento de sus huevos.
Entre otras apariciones del pasado, los botines de Manga vienen, pero para animales cuadrúpedos, ya que aquí serán las perras estilizadas de Tomás Pozzi, que compara con el peludo bicharraco de Diego Duarte, y lo que hace un momento era bello pasa a ser despreciado. Por cierto, Diego Duarte que aparece vestido casi como un monje, del que se cuelga Pozzi para que le embellezca en su cubículo, que igual podría ser un diminuto camerino de telas negras y rojas,… o acaso un confesionario.
Bichos verdes y negros, batracios y perros, seres altos y bajos, dotados o tullidos, cualquier cosa vale para una crítica comparación en la que el humor es constante y la energía fluye muy bien. Menos energético que su anterior Peep Box (la compañía no morirá si lo ejecuta muchos días) pero convergente entre ese reciente trabajo y sus anteriores Manga y Cómeme, siempre en el estilo propio que suma las ideas de sus componentes y estalla con los excelentes músicos, en este caso, en escena. A cada rincón que se mire hay nuevas cosas que ver en el trabajo de la compañía, pero son así, entre lo evidente y lo discreto, sobre todo porque nos presentan propuestas que evolucionan por sí mismas.
Un experimento sobre futuras formas del cuerpo humano. Utilizando materiales sobre el cuerpo para explorar volúmenes y analizar el cambio de forma de la silueta humana, la manera en que esto afecta su movilidad y por consecuencia la manera de interactuar socialmente. Presentamos una serie de escenas, de “tableaux vivants”, que captando esta atmósfera, nos llevaran a replantear el concepto de la belleza. ¿De qué manera puedo explicarme la belleza si no es a través de aquello que me provoca una reacción emotiva profunda? ¿Hay diferencia entre la belleza de las cosas y la idea de belleza como una categoría del conocimiento sensible? Lo cierto en esto es que es imposible imaginar una emoción (y más aún describirla) sin incurrir en contradicciones.
El sentir estético nunca se revela como una manifestación idéntica en todos y cada uno de nosotros, ni siquiera es igual en todos los momentos. Se muestra igualmente diverso, de acuerdo a culturas, individuos, historias y experiencias personales. La belleza es sólo posible gracias a su complementario, esta disonancia de contradictorios: feo-bello, bueno-malo, repulsión-agrado.