Concha González – laRepúblicaCultural.es
El pasado jueves 16 de agosto hubo otra actuación, de esas que se recuerdan con afecto, en el marco incomparable del Agosto en la Sala Galileo. Tienen la costumbre de programar a gente que parece estar todo el año fuera del local, a las puertas, esperando una “oportuniá”. Otra forma de ser “fringe”. El día 15 dejaron entrar a Marta de la Aldea y Antonio Toledo que se dieron el gustazo de hacer lo de siempre, versiones impecables y sabrosas que acompañan un discurso-reflexión de la cantante sobre cómo va de mal su vida. No debe irle tan mal en algunos aspectos cuando conserva la voz y la inteligencia de reírse de ella misma y del mundo que la rodea… incluidos los cantantes británicos “desformolizados” para la ceremonia de clausura de la Olimpiada londinense. Espectáculo, el de Marta y Antonio (más Iván Mellén luciéndose con el guirimbao y Antonio de Pinto con su voz y guitarra) que no por conocido resulta menos refrescante, sugestivo y entrañable
El jueves, como iba diciendo, le tocó el turno a otro de los de la lista de agosto. Alfaya se subió al escenario reinventándose con canciones de toda su vida una nueva forma de decir lo mismo que viene diciendo en estradillos de fortuna, en medio de las calles y al término de las manifestaciones, lugares que representan su hábitat artístico habitual.
Claro que una cosa es estar en la calle, donde habremos de terminar todos por unas cosas u otras, o sea, viéndose en ella o tomándola, que de todo habrá en esta viña trabajada como el dios de D. Mariano le manda, y otra mucho mejor es encontrarse en la Sala Galileo, rodeado de amigos, amiguetes, cómplices y amigos y conocidos de cualquiera de las anteriores categorías. Y con un buen equipo de sonido y sin el perrito piloto de la tómbola a tu vera.
Subió Alfaya al escenario (más bien, se aposentó en él, utilizando un velador de terraza de bar para dar idea de la intención coloquial de su propuesta) precedido y luego acompañado por Pepe Tarduchi, otro resto ignífugo del ya jubilado Taller de Reinsertables. A su vez, Tarduchi apoyaba tanto los discursos y lecturas estrambóticas de propia cosecha (impagable la sucesión de proclamas de “Días Internacionales” dedicados a Marichalar, al Hombre de la Calle, al auténtico Hijo de Puta o al Cordón Policial) como la esperpéntica selección de “anuncios por palabras” de la revista digital Rokambol, con la complicidad de Carmen Niño, la doctora Ondina Lambretti de Tele K, esta vez sin su consultorio multicultural y emocional.
Al otro lado del escenario hacía su aparición la actriz Susana Oviedo en el papel para el que está sobrada: Todas ellas. Y las ellas que fue homenajeando sucesivamente a través de textos muy entonados fueron Virginia Wolf, Carilda Oliver, Teresa Panza y Zenobia Camprubí. Mientras, o (mejor dicho) en los huecos de esta catarata de palabras bien pronunciadas, Alfaya colocaba sus canciones sobre poemas de José Ramón Catalán, Moncho Alpuente, Carlos Salem, Pepe Junco, Pedro Mañas, Paca Aguirre, …hacía de Sancho por darle la réplica a Susana-Teresa Panza, leía un poema de Manuela Temporelli y se marcaba con Pepe Tarduchi una recreación del conocido Qualcuno era comunista, de Giorgio Gaber, que conmovió algunos recuerdos de varios presentes.
Nos tuvieron una hora y cuarto de aquí para allá, sin fatiga física porque hasta ellos estaban mayormente sentados, instalados en una charleta cambiante y sugestiva. Utilizaron una guitarra midi que presentaron al público como instrumento multiuso para tomarse la tensión, medir el colesterol o servir de árbol de Navidad y se despidieron, como se había acordado hace ya tiempo en la entusiasta convocatoria de una bienintencionada plataforma de artistas, cantando En el pozo María Luisa.
Como el público pidió más, remataron la faena con la Canción para animar al habitante de las Grandes Superficies.
Pues eso, que salimos animados.