Denise Despeyroux – laRepúblicaCultural.es
Esto no es una crítica. Ni yo soy crítica ni voy a hablar de un espectáculo, de su puesta en escena, de los actores, de los posibles aciertos y desaciertos del conjunto. Voy a hablar exclusivamente del texto de Juan Mayorga, de algo que me parece que está en juego en la obra, en la relación entre ese personaje de Volodia, el del crítico, y el autor que acude a visitarlo la noche del estreno, Scarpa.
“Esto no es una crítica” es también una frase de la obra, y sólo con ella puede ya entrarse de lleno en materia. No en vano distinguía Walter Benjamin entre el comentarista y el crítico. Si la obra de arte es una hoguera en llamas, fuego que arde en el tiempo, el comentarista estaría atento en su análisis únicamente a los restos, a las cenizas. El crítico, en cambio, atiende a ese fuego que perdura, a lo que aún arde, pues sólo la llama conserva un enigma: el de lo vivo. La labor del comentarista es equiparable a la del químico; la del crítico a la del alquimista. La sugerente metáfora de Benjamin lleva muy lejos. La labor del crítico tiene, así entendida, una hondura metafísica. El crítico es quien busca el “contenido de verdad” de la obra de arte, esa verdad que yace enterrada y debe rescatarse. El comentarista, por contraste, sólo está atento a su “contenido de cosa”, en expresión de Benjamin.
¿Qué es Volodia? ¿Químico o alquimista?
Él se considera una persona especialmente capacitada para detectar lo inauténtico. No conoce mayor gozo que el desenmascarar, descubrir al otro en lo que de verdad es, y ha convertido ese posible vicio en una posible virtud a través del ejercicio de la crítica. Y ocurre que la pretensión de Scarpa es precisamente esa, no la de ser reconocido, sino la de ser descubierto. Paradójicamente, estos dos hombres con necesidades tan complementarias son víctimas de un gran malentendido.
“El primer acto es una exaltación de la épica del boxeo”, escribe Volodia acerca de la obra de Scarpa. Este hombre que se considera tan sagaz, sólo ve aquí lo evidente, lo literal, cuando lo cierto es que la obra está hablando de algo en lo que él mismo está inmerso, de algo que lo incumbe absolutamente.
“Usted nunca ha mirado a una mujer de cerca”, acusará el crítico a Scarpa, ignorando que él ni siquiera ha reconocido en la obra que acaba de ver a la mujer que amó. “No es una loca, es una mujer triste”, le señala el autor al crítico hablando de ese personaje femenino, personaje que se corresponde con la mujer real que Volodia rechazó. Hablando de esa mujer real, Volodia antes ha confesado: “Es la intensidad de nuestro vínculo lo que me une y a la vez me separa de ella”. Y eso es exactamente lo mismo que le ocurre con el teatro.
Scarpa le cuenta a Volodia que durante mucho tiempo día a día lo seguía “y luego escribía al dictado de sus pasos”. Uno de esos días lo ve encontrarse en un parque con una mujer descalza. Esa mujer intenta darle un beso, y él la rechaza. Simplemente se da la vuelta y se aleja en silencio. No oye la frase que esa mujer le dice un momento más tarde a Scarpa: “Si supiera cantar me salvaría”.
La rechaza en silencio, con su silencio. “Mejor una crítica atroz que ninguna crítica” ha dicho antes Scarpa. Lo mismo que le ocurre a Volodia con esa mujer, le ocurre con el teatro. La mujer está descalza, es decir, que se acerca a él ofreciéndose frágil, vulnerable. Igual que se nos ofrece la verdad que yace enterrada en una obra de arte. Esa verdad no sabe cantar, por eso no puede salvarse sola. A diferencia de las sirenas, no está ahí para seducir ni encantar, sino para ser rescatada. Hay que cavar para encontrarla, hay que quererla, y ante todo hay que creer, confiar en que está allí, a la espera de ser descubierta.
Al final de la obra, ambos hombres han aprendido algo en su encuentro con el otro, y ambos tienen un gesto de honestidad. Volodia va al encuentro de la verdad que lo espera junto a esa mujer. Scarpa, por su parte, ocupa esa silla que el otro deja vacía y dicta por teléfono la crítica de Volodia. No la que él había escrito, sino la verdadera: dicta por teléfono lo que Volodia ha pensado de él como autor durante todos esos años de desencuentro desesperado. Y después, también enfrentado por primera vez a la verdad, empieza a escribir.