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ISSN 2174 - 4092
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El séptimo continente, un monstruo llamado vacío
Una familia decide romper con su vida rutinaria
Publicado el
Viernes 1ro de marzo de 2013, a las 19:41h
Ampliar imagen El séptimo continente
Fotograma de la película de Michael Haneke

Javier Serrano - laRepúblicaCultural

La familia S. es una familia de clase media compuesta por el matrimonio, Georg y Anna, y su hija pequeña, Evi. En apariencia una familia feliz, si hay algo que define la vida de la familia S. (y la de muchas otras) es la rutina. Una rutina diaria y deshumanizadora que Haneke muestra a partir de secuencias breves, separadas por largos fundidos en negro, y protagonizadas en su mayoría por máquinas, esos aparatos de uso cotidiano fabricados para servir al hombre aunque a menudo la relación se invierte y es el hombre el que sirve a la máquina: el despertador a las 6 de la mañana, la cafetera, el tostador, el auto-lavado, los grifos del agua, la caja registradora del supermercado, las máquinas del centro de trabajo de Georg, los aparatos ópticos con los que trabaja Anna… El espectador ve esos artefactos a través de planos fijos y con frecuencia en planos detalle. Ocasionalmente, Haneke también nos muestra las manos que manipulan dichos artilugios, mientras fuera de cuadro se escucha un diálogo intrascendente. Es el ritmo repetitivo de las máquinas el que marca el ritmo de vida de los protagonistas. De hecho, nuestra vida no es muy diferente a la vida de esas máquinas: desayunar, lavarse los dientes, ir al trabajo en coche, trabajar en un lugar rodeado de más máquinas y gobernado por ordenadores (y donde el único motivo para seguir es la esperanza depositada en un ascenso que parece que nunca llegará), preparar los alimentos, comer… Una vida aparentemente fácil, donde cuando algo no funciona se sustituye por otro objeto (o persona) que hace exactamente lo mismo, y probablemente con un coste menor, como es el caso del jefe de Georg cuando se jubila y es sustituido por el propio George.

Incluso el tiempo libre de la familia, en forma de pequeños ritos, está marcado por la reiteración. Así, esa oración que todas las noches la pequeña Evi ejecuta y donde ruega a Dios para poder encontrarse pronto con él, o la lectura del periódico del día en la cama y justo antes de dormir.

De lo que ocurre en la cabeza de estos personajes, fríos como peces y despojados de cualquier atisbo de evidencia afectiva, de lo que piensan o lo que sienten, apenas tenemos noticias a través de una voz en off que es el texto de las cartas que el matrimonio S. dirige a sus padres para contarles cómo les va.

El hogar de los S. no es muy diferente al acuario que tienen en el piso. Un recipiente grande, donde el alimento llega de manera puntual y no hay nada de lo que preocuparse, pero que no deja de ser un remedo de algo más grande que debe de ser eso que llaman “vida” y que sucede en otra parte, acaso en Australia o en algún otro lugar más alejado incluso, quizá un séptimo continente o un sueño, el de una playa de arena y rocas lamida por las olas del mar (como el del plano de apariencia onírica que regularmente nos muestra Haneke y que aparece en el cartel anunciador de la película).

Otra de las metáforas evidentes de la cinta (junto a la del acuario) es la del túnel de auto-lavado: un vehículo entra en él, con los personajes dentro y con la sensación inquietante que siempre produce la entrada en un túnel, en tanto que pasaje de tránsito de una realidad a otra. El coche es abrillantado por fuera, quedando el interior intacto.

La rutina solo se rompe con ocasión de alguna pequeña celebración: una comida con algún familiar, una fugaz sesión de sexo… o con alguna excentricidad de la pequeña Evi en el colegio, como cuando finge haberse quedado ciega con la única intención de llamar la atención y no sentirse tan sola. A fuerza de repetirse, si bien de una manera más espaciada, esos pequeños actos de “rebeldía” devienen también rutina. Otras veces, lo extraordinario sucede de manera imprevista, en forma de un llanto repentino y sin saber muy bien el porqué, o un accidente mortal en la carretera.

Cuando los S. reconocen abiertamente que su vida no es merecedora de tal nombre, deciden cambiarla radicalmente. Sacan el dinero que tienen ahorrado en el banco, abandonan sus trabajos, compran comida abundante (incluidos todos esos alimentos y bebidas que antes no tomaban) y herramientas diversas. Antes de emprender el viaje definitivo, proceden a la destrucción sistemática de todo lo que ha sido su vida hasta ahora: aparatos, ropa, discos, libros, muebles… Son las herramientas del sistema destrozando el sistema, como si los S. no quisieran dejar un rastro de su paso por este mundo. La destrucción de sus objetos es su autodestrucción. Misteriosamente, de ese proceso de demolición solo sobrevivirá un televisor, con la pantalla inundada por la nieve estática (Haneke procede del mundo de la televisión).

El séptimo continente está basada en un suceso que ocurrió en Austria en 1989. Es la ópera primera de su autor y la primera de la “trilogía de la glaciación emocional” (junto a El vídeo de Benny y 71 fragmentos de una cronología del azar). Se puede ver en el ciclo que el Círculo de Bellas Artes de Madrid le está dedicando al director austriaco (del 21 de febrero al 10 de marzo).



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OTROS DATOS RELACIONADOS

Título: Der siebente Kontinent (El séptimo continente) (1989)
Director: Michael Haneke
Intérpretes: Birgit Doll, Dieter Berner, Leni Tanzer, Udo Samel, Silvia Fenz, Robert Dietl
Guión: Michael Haneke, Johanna Teicht
Música: Alban Berg
Fotografía: Anton Peschke
País: Austria
Producción: Wega Film
Duración: 104´


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