Mario S. Arsenal – laRepúblicaCultural.es
El Cuartel General de Revista Mongolia está comandado por Eduardo Galán, Darío Adanti, Gonzalo Boye (editor y abogado), Eduardo Bravo, Jaume Ochirbat y Fernando Rapus, personas que iniciaron este proyecto con un rasgo en común: el hartazgo.
Que estos muchachos están copando el panorama cómico editorial es un hecho. Que se lo están ganando a pulso, también. Después de apenas un año en la parrilla de la comunicación, deciden apostillar el savoir fare que les caracteriza con la edición de El Libro Rojo de Mongolia (Reservoir Books, 2013) generando auténtico pavor entre todos los medios de prensa y, por qué no decirlo también, envidia. Lo cierto es que nunca he sido amigo del tipo de bum informativo que de la noche a la mañana se convierte en éxito indiscutible y se apropia del criterio individual en masa, antes bien, me gusta analizar a qué se debe tal aceptación. Y esto es más sencillo si cabe. En mitad de este clima político desasosegante donde nadie parece lo que es y ninguno es lo que parece, Revista Mongolia viene casi como vienen los profetas (sin túnica, eso sí), para regalarnos oxígeno. Un oxígeno muy saludable como es la crítica, una crítica feroz que desestabiliza los cimientos del capitalismo y nos sumerge de lleno en la verdad a través del sarcasmo inteligente y el canibalismo como actitud combativa contra malandrines y opresores.
Conectados lingüísticamente a la perfección con ese público joven, yo diría de entre 20 y 35 años, han logrado meterse en el bolsillo a la gente que más desafección sufre en estos momentos. Quiero decir que, más allá del defenestrado asunto de los desahucios, que es ciertamente de traca, la corrupción política y económica, la peliaguda cuestión monárquica (a la que prestan magistralmente un empeño bárbaro) o la credibilidad de la política en general, el futuro de este país, los jóvenes, los universitarios, los que intentan labrarse un camino, encuentran en Mongolia su máximo valedor. De ahí el éxito apabullante en los medios, muy bien gestionados, y también al incorporarse de manera dinámica a las distintas redes sociales, a sabiendas de que la mejor publicidad es siempre la que se recomienda.
En cuanto al Libro Rojo, qué decirles que no hayan oído ya. Apuesto lo que quieran a que más de la mitad de la gente que sabe de la existencia de este libro, conoce perfectamente qué es sin haberlo visto, comprado u ojeado. Sencillamente fantástico. Con ese humor tan absurdo y real que asusta, el libro está generosamente ilustrado con collages de todo tipo: un Mao con bigotes (atención, se llama Miao, la Historia nos había tenido engañados), un Voltaire asociado al Opus Dei, Berto Einstein (sí, Albert se hizo llamar siempre Berto, pero el nazismo jamás se lo perdonó) sacándole la lengua al Tom Cruise de Nacido el 4 de julio (proverbial la imagen), un general Tejero que invita pistola en mano al Congreso a apagar sus móviles (qué tierna escena) o Hitler (su nombre real era Hiptler) arengando en minifalda volada de satén y tacones de ocho centímetros. El libro cierra sus páginas con el Mensaje del búho nocturno al pueblo de Mongolia. Un delirio que atrae hasta cotas insospechadas.
Nota: prevemos que este Libro Rojo puede convertirse en objeto de deseo de fetichistas y fieles mongoles de la revista. Corran a sus librerías a por uno y verán por qué. Si tienen la osadía de abrir sus páginas, se lo llevarán.