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Transsiberian
Una imagen de la pelÃcula Transsiberian. |
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LuÃs Rueda – laRepúblicaCultural.es
Brad Anderson siempre es un director que suscita interés y su primer trabajo para Filmax, The Machinist –con un excelente Christian Bale como delgadÃsimo protagonista-, dejó hace un par de años un buen regusto entre el público. Eso por no hablar de su sugestivo debut Sesion 9, toda una declaración de intenciones elaborada con resortes bien conocidos para los amantes del “fandomâ€. Transsiberian, su última propuesta, quizá pasará mucho más desapercibida a causa de que su naturaleza es claramente comercial y su alcance cualitativo más elemental. De cualquier manera vaya por adelantado que estamos ante un filme de puro entretenimiento que sigue la estela de las co-producciones que invadieron nuestro paÃs en décadas pretéritas (sobre todo en la década de 1970), la filosofÃa es exactamente la misma que se aplicaba antes que la ley Miró borrara de un plumazo una pre-globalización de la cinematografÃa europea que dio muchos réditos y algunos filmes estimables (pero eso es otra historia que poco tiene que ver con el “glasnostâ€, ¿o quizá sÃ?)
Anderson propone un thriller al uso en el que el tren que da tÃtulo al filme es menos protagonista de lo que cabrÃa esperar y en el que se sigue mostrando el Este de Europa como un lugar peligroso, desasosegante y exótico. Algo que para cualquier mortal no anglosajón resulta tan exagerado y tópico que empieza a ser cargante, pero este es un filón que está de moda y al que se apuntan sistemáticamente muchos filmes, especialmente norteamericanos (Ils, Hostel, Saw). Con Hitchcock en el cuaderno de bitácora y un puñado de buenas secuencias climáticas se arma esta “road movie†ferroviaria que deja entrever detalles excepcionales pero que resulta, por su tono conspiranoide y alarmista. Que nadie espere algo parecido a un remake de la sensacional e imaginativa Pánico en el Transiberiano, Transsiberian es un refrito de Asesinato en el Orient Exprés y Extraños en un tren con alijo de drogas como McGuffin y un par de actores como Eduardo Noriega y Woody Harrelson que nunca está a la altura del tándem Emily Mortimer - Ben Kingsley.
Sin ser un filme excepcional, Transsiberian cumple con corrección su cometido de cinta de intriga sujeta a un clasicismo, para la ocasión, castrante; salvo dos o tres secuencias realmente perturbadoras este resulta un viaje largo, a menudo distraÃdo y acaso contagiado por la frialdad del paisaje. A destacar el clÃmax i el desenlace, treinta minutos que concentran acción sugestiva, horror psicológico, un giro presumible pero impactante y algunas dosis de sadismo que elevan unos peldaños la calidad del filme. En lo negativo cabe apuntar que, en ocasiones, Transsiberian cae en ciertos estereotipos manidos y resbala en aspectos determinantes como la pobre interpretación de un Woody Harrelson nada creÃble en su papel de beodo “partenaire†de la absoluta protagonista de la cinta, la excelente Emily Mortimer. La actriz norteamericana aporta un plus de verosimilitud a una historia que hilada a la perfección con la construcción de un personaje candoroso, una mujer que esconde una violencia reprimida y una pulsión por la mentira desconcertante. No tan bien parado, en este caso, sale Eduardo Noriega que enjuaga su papel de seductor aventurero barcelonés en una insoportable jerga spanglish que subraya cada tres frases.
Quizá lo más interesante del filme queda confinado, precisamente, en las escenas que quedan fuera del tren, donde el peligro acecha a modo de caos e indefensión y, en ese sentido, podemos interpretar ese Transsiberian atravesando miles de kilómetros de blanca estepa como el único lugar seguro de una región que recela del extranjero (tópico asumido, claro).
Un último apunte, interprete a un agente ruso, ex-militar argentino o a Mahatma Gandi, este actor con mayúsculas llamado Ben Kingsley siempre eleva la calidad de cualquier pelÃcula, su presencia contribuye a dar verosimilitud a cualquier tÃtulo y su magnetismo es tan indiscutible como su carisma.
En resumen, un correcto thriller que en su tramo final se intensifica, como un café expreso humeante.
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