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 >>>Sección: Teatro
           
Yayo Cáceres, alguna lagrima casi “piantada”, el corazón abierto y las palmas ardiendo
El teatro en el III Festival Internacional de las Artes Escénicas de Calzada de Calatrava
 

Publicado el Viernes 21 de agosto de 2009, a las 09:13


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Yayo Cáceres Yayo Cáceres

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Yayo Cáceres
 
Yayo Cáceres

Yayo Cáceres y el Teatro La Yapa. Foto: cortesía del Festival de Artes Escénicas de Calzada.

 
   

Intentando alcanzar y quedarse en su orilla

Sasha Valdés Aragonés - Festival de Artes Escénicas de Calzada

La noche del jueves, cuando llegaron las diez de la noche, aún no había llegado mucha gente al Centro Cultural Rafael Serrano. El público se retrasaba y Yayo Cáceres, puntual, esperaba en el escenario con un recorte de un desteñido pero intenso rosa.

A la izquierda dos sillas tumbadas y una maleta abierta. A la derecha Yayo de espaldas y dándole la cara (y la sonrisa) Pájaro Juárez. Detrás de ellos una mesa pequeña con un atril donde descansa un libro de acordes.

Se esperó quince minutos al público tardío y mientras las butacas iban llenándose, supimos mientras que la dirección es de José Gamo, que Yayo es su único intérprete de voz y que Pájaro lo acompaña a la guitarra. Supimos que era la Compañía de Teatro La Yapa, de Argentina, y leímos el pequeño extracto de los programas de mano.

Pero aún quedaba una hora y veinte minutos para saber que Entre orillas es algo más que cualquier cosa que se intente explicar con palabras.

El rosa se vuelve hacia el naranja, los dedos de Pájaro empiezan a moverse y Yayo se da la vuelta, descalzo, da la impresión de que ha llegado un extranjero.

Pero entonces empieza a hablar, y cuenta su historia, su historia de antes, de cuando era niño, quizás acaso su historia de ahora. La suya y la de Tatá, su mejor amigo. La otra parte de él mismo.

Y es ahí cuando uno mismo es Yayo, y vas al kiosco, y ojeas a Flash Gordon con él, y le ofreces caramelos a Tatá, y descubres el viniloscopio, y te quedas amarrado al disco y luego hueles a mugre en la galería y oyes al papá de Tatá regañarle porque llega muy tarde.

Sigues siendo Yayo, y te vas al cine Cervantes, “tu” cine Cervantes y descubres por primera vez el teatro, y ves al señor del bigotín que de día es el panadero de la Huracán, y a la rubia platino que de día es la preceptora del colegio de tus hermanos.

Lo ves, ves a Yayo, oyes a Pájaro y no sabes si querrás salir de esa realidad: entre acordes que se conocen al primer toque de guitarra, entre otros desconocidos. Entre la brillante calva de Yayo y el ensortijado pelo de Pájaro. Entre manos que se mueven milimétricas, entre expresiones de ojos cerrados, de ojos abiertos, entre “lagrimones piantados”, entre dedos que intentan agarrar la otra orilla. La orilla del que ha perdido a Tatá, a su mejor amigo, la orilla del que tiene que crecer porque el otro ya lo está haciendo. La orilla del que pierde algo que nunca creyó perdible. Y Yayo estira esa mano enorme y parece que va a llegar a la otra orilla. Pero una vez que has partido no se vuelve a la otra orilla.

Hay momentos de la actuación que no pueden explicarse. Solo pueden vivirse. Todo alrededor es perfecto: la iluminación, la arquitectura simple y potente del espacio. La excelencia de las manos de Pájaro Juárez con esa sempiterna sonrisa a veces casi carcajada.

Yayo canta como si nada, se mueve como si nada, habla como si nada, cuenta como si nada. Como si en ese mismo instante no estuviera robándole a alguien el corazón y quién sabe si quizás el alma.

  

 

 


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