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Publicado el Lunes 21 de julio de 2008, a las 22:32
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Título: Los perros de Riga (Hundarna i Riga)
Autor: Henning Mankell
Editorial: Tusquest Editores S.A.
Traducción del sueco: Dea M. Mansten y Amanda Monjonell
Páginas: 332
Precio: 7,95 €
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Los perros de Riga
Portada del libro de Henning Mankell "Los perros de Riga". |
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Blanca Vázquez - laRepúblicaCultural.es
Así, a voz de pronto, y no vale pinchar el ratón con el otro dedo en un mapa virtual, ¿sabrían situar exactamente la ciudad de Riga?. No es mi intención insultarles pretendiendo sus pocos conocimientos en geografía, pero estoy segura que les ha costado un poco más de tiempo localizarla que un Berlín, Moscú o Estocolmo. Por estas latitudes más cálidas andamos tibios sobre lo que se cuece y como se cuece en los recientes nuevos Estados del Este, antes “propiedad” de la Unión Soviética. Claro que no es comparable a una visita en vivo y en directo, pero el popular dramaturgo sueco, escritor experimentado en género negro ha conseguido, a través de su particular inspector, Kurt Wallander, que tuviera una idea más concreta y más dibujada sobre Letonia (Latvia) de la que tenía antes de abrir las páginas de Los perros de Riga.
Esto sea, tal vez, un pequeño ejemplo de lo que se considera viajar a través de la literatura. Y !válgame el cielo que he viajado!, por el frío mar nórdico, los nevados inviernos letones y las turbulencias mentales de un inspector que, no obstante otros lectores y críticos han encontrado más débil, a mi me ha gustado mucho. Sí, Wallander me gusta. Es un policía imperfecto, terriblemente humano, lleno de miedos, que comete equivocaciones y siente dudas continuamente. !Se me hace tan cercano!
Y además es que me gustan las culturas nórdicas. Me gusta su meticulosidad, sin que les falte su ración de impulsividad. Algo así como la flema británica pero distinto. Henning Mankell ha creado una segunda historia para que su inspector se desenvuelva de nuevo entre criminales y lo ha hecho con un pulso de lo más dinámico. Las 332 páginas de esta novela se leen con rapidez pasmosa, tal es el torbellino policial en el que Wallander mete al lector.
Los perros de Riga empieza como una investigación sobre mafias que trafican con droga entre fronteras del Este para transitar hacia misterios que encierran cuestiones políticas y de Estado nada desdeñables, que aportan al relato sustancia, al margen de lo puramente negro.
Junto a sus investigaciones y aventuras, Wallander nos hace partícipes de sus reflexiones vitales, así como sus confesiones privadas, convirtiendo al lector en improvisado sacerdote, sin obviar los puntos débiles de su propio país: “El poder real se ejercía en gran parte desde unos pasillos secretos, poco iluminados, lejos del control que se suponía que era la característica básica de un Estado de derecho”.
Pero si no se corta un pelo a la hora de criticar Suecia, cuando tiene que acudir a la Letonia de principios de los noventa por una muerte inesperada que forma parte de la investigación con la que comienza el relato, va a alucinar en todas las gamas de grises y sensaciones de frío: “Wallander sintió pena ante la visión del paisaje, era como si la dolorosa historia del país hubiese mojado el pincel en un interminable bote de pintura gris”. “Hacía demasiado frío para permanecer tumbado en la cama, así que decidió bajar a la recepción y cambiar algo de dinero por si había algún bar en el hotel donde tomar una taza de café”.
Aparte de resolver un crimen, o mejor tres crímenes, de vivir en propia carne las consecuencias de un sistema totalitario, “recordó lo que uno de los coroneles le había dicho: somos hábiles en vigilarnos los unos a los otros”, de tratar de ver lo invisible en su cometido de investigador, de ser un policía que se comporta, a veces, como un actor que improvisa, que afronta lo desconocido con arrojo, se mete en la piel del criminal, o de la víctima e imagina los pensamientos y patrones de conducta, también muestra su corazoncito, y se enamora como un muchacho. Se enamora tiernamente de la mujer de un hombre al que admira. Se enamora de una intelectual luchadora por la libertad de Letonia, Baiba Liepa.
Tampoco faltan, entre tantos momentos de angustia, que al final se hacen un tanto rocambolescos, pero no por ellos menos hábiles en su escritura, momentos de humor: “Permaneció inmóvil y aguzó el oído, pero no oyó ningún chirrido de llaves. No podía aguantarse por más tiempo, así que se bajó los pantalones, se agachó sobre la papelera y vació las tripas. Con una sensación de rabia por aquella servidumbre fisiológica, se acercó una carpeta, arrancó unas cuantas hojas de algún interrogatorio y se limpió”.
Reconozco que como lectora he pasado momentos de angustia, momentos de frío, momentos en los que he olido todos los cafés que se ha tomado Wallander, momentos de espera y momentos de dudas, justo como él. Resumiendo me he metido dentro. ¿Videojuegos? para qué, si tenemos la mejor "portable experience" en los libros.
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